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ROBERTO RAMÍREZ BRAVO   /

 

El empresario Joaquín Badillo Escamilla se presentó este miércoles como la mejor opción para dirigir al Partido de la Revolución Democrática (PRD) en el estado y rescatarlo de las corrientes, de la simulación de sus líderes, y reencausarlo en la ruta de triunfo electoral.

De su larga exposición, de casi una hora en conferencia de prensa, hay algunos asuntos que vale la pena rescatar y analizar con detenimiento. Primero, el mea culpa. En la elección pasada, dijo Badillo, hubo de todo o casi todo: unos traicionaron al partido y se fueron al PRI y desde ahí ofrecieron combatirlo (por ejemplo, Rumbo); otros se fueron a Morena; y otros se quedaron y fingieron apoyar su candidatura pero impulsaron el voto cruzado para dejarlo fuera a él. Estos fueron los peores, según dijo. Aunque, en realidad, según su relato, el peor fue el alcalde Evodio Velázquez Aguirre, a quien prácticamente responsabilizó de su derrota ya que aseguró que su administración tiene 80 por ciento de rechazo entre la ciudadanía, y por eso la gente votó en contra. A sí mismo y a su equipo, Badillo los exculpó de todo, y esa es la primera falla de su análisis, porque se recordará que justamente su candidatura fue rechazada de manera tajante por los perredistas, tanto los que se fueron como los que se quedaron. Inclusive, Víctor Aguirre Alcaide, uno de los prospectos con más posibilidades de ser el candidato, pidió que a él no se le fuera a culpar de la posible derrota de Badillo.

La campaña del empresario estuvo llena de fallas que por sí mismas podrían explicar su aplastante derrota, que lo llevó, según su propio calificativo, a un “vergonzoso tercer lugar”. Para empezar, él operó todo a través solamente de su estructura en Jackomienza, y fueron los muchachos de esta asociación los que sustituyeron a los líderes perredistas en la logística. Era lógico que se quedaría solo. Su comunicación también adoleció de fallas visibles: una de ellas fue el modo burlón y discriminatorio en que se refirió a la hoy presidenta electa Adela Román Ocampo y al candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, al decir en una foto donde aparecen juntos, que parecían las bodas de oro. Es decir, sin descalificar ninguna propuesta de sus adversarios, les criticaba la edad. Ese fue un tono general de su mensaje de campaña: discriminatorio, burlón.

Llama también la atención que hoy centre sus baterías contra el gobierno de Evodio Velázquez cuando durante la campaña ofreció continuidad con su trabajo. ¿No se dio cuenta en ese momento de que había ese 80 por ciento de rechazo que ahora esgrime? En realidad, solo cuestiona a Evodio Velázquez cuando este se presenta como el adversario más fuerte en pos de la dirigencia estatal.

Pero ahora, Jacko Badillo va a salvar al PRD. Primero, hay que ubicar el contexto. El empresario empezó su lucha por ser alcalde de Acapulco desde hace tiempo, y utilizó para ello los recursos de su empresa de seguridad, hasta que en 2015 consiguió ser candidato del Partido Verde Ecologista de México, pero perdió, como era de esperarse. Tres años después se convierte en candidato del PRD, pero antes entró en pláticas con el Panal, con Movimiento Ciudadano y con Morena. En el PRD logró su objetivo el 7 de marzo pasado.

Dijo en su conferencia de prensa que en esa fecha se afilió al PRD porque la dirigencia nacional se lo puso como condición, pero lo cierto es que durante la campaña varias veces se le preguntó, incluso casi al final, si se afiliaría a este partido, y siempre dijo que lo iba a pensar. Mentía, y ocultaba su militancia, pues ya estaba afiliado desde el 7 de marzo; o miente ahora, y su afiliación surge a partir de su aspiración de dirigir el partido, es decir, después de la elección.

En cualquiera de los casos, parece una apuesta extrema tener unos meses o unos días de militancia, y ya dirigir al partido al cual está ingresando. Eso solo puede ser resultado de lo más corrompido de la política: que ya compró con alguien la dirigencia, o que busca imponerla de manera aplastante con influyentismo en el CEN perredista, o con la fuerza superior y avasallante de una corriente (IPG, a la que se incorporó, con todo el apoyo del ex gobernador Ángel Aguirre Rivero).

Pero el PRD no nació el 7 de marzo pasado, ni tampoco Jacko Badillo comenzó su andar político en esa fecha. Antes, cuando buscó en otras partes su candidatura, el PRD ya existía, pero ni de chiste se acercó a él. Solo cuando tuvo la oportunidad de ser candidato. Eso se llama oportunismo. No se afilió, sino hasta que se exigieron, o hasta que sintió que tenía que hacerlo para candidatearse como dirigente. Eso también es oportunismo.

Luego, antes de siquiera comprar la espada, ya la desenvaina frente a quienes le negaron su apoyo. Expulsará, dijo, a quienes llamaron a votar por otras opciones. Eso se llama revanchismo; no lo hizo ni siquiera el CEN, pero ya lo anuncia él en Guerrero. En un instituto regido por estatutos, analizar una probable expulsión, y en su caso llevarla a cabo, correspondería a la Comisión de Honor y Justicia, no al presidente del comité estatal.

Y por último, la soledad desde donde lanza su batalla. Es sintomático que a su conferencia de prensa no haya ido ni siquiera un dirigente perredista, por muy menor que fuera. Lo acompañó un personaje desconocido que dice ser fundador del PRD, nada más. Sin embargo él mismo dijo que para el caso de que sea por elección interna como se defina la próxima dirigencia, ya está afiliando, a partir de Jackomienza, a nuevos militantes, que se entiende llegan con la consigna de votar por él. Eso muestra dos cosas: una, que no tiene en el actual PRD, ningún apoyo de las bases; y la otra, que en caso de que lograra formar una nueva mayoría con sus invitados –que hoy son externos-, lo único que haría sería utilizar las siglas, la estructura y la historia del PRD, para dirigir a sus propios seguidores que, como él, se unirán a este partido solo siguiendo la oportunidad.

Así, pues, el joven empresario convierte en realidad las peores pesadillas de quienes vieron en su candidatura una especie de caballo de Troya que llegaba al PRD. Atrás de él está Ángel Aguirre Rivero, lo cual es una lástima, porque el ex gobernador merecería la oportunidad de tener otro papel, distinto al de ser, con su pupilo, el sepulturero de lo que quedó de un partido que generosamente les abrió la puerta a ambos.

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