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VERÓNICA CASTREJÓN ROMÁN    /

En memoria de todas las víctimas de esta revolución

 

Acapulco, 8 de marzo de 2018

Una vez, un compañero de trabajo comentó que la única revolución que no había costado sangre era la  revolución de las mujeres.

Le hablé entonces de Olympe de Gouges, escritora y política francesa que en el Siglo XVIII escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana y que  fue guillotinada por sus ideas abolicionistas.

También le hablé de las hermanas Mirabal, mejor conocidas como Las Mariposas, quienes fueron masacradas por órdenes del dictador dominicano, Rafael Leónidas Trujillo, por oponerse a su régimen.

Ya no le comenté acerca de las  trabajadoras de fábricas  textiles que el 8 de marzo de 1875, en Nueva York, pugnaron por mejores condiciones laborales y fueron cruelmente asesinadas a manos de  la policía, lo que dio pie a la creación del primer sindicato de mujeres.

En 1911 la revolución de las mujeres cobró más víctimas, también en un grupo de trabajadoras de una fábrica de textiles que murieron calcinadas porque no pudieron escapar de un incendio debido a que los dueños de ese negocio las hacían trabajar a puertas cerradas. Este trágico suceso movilizó a miles de mujeres que dieron margen a cambios en la legislación laboral y lograron la fundación del Sindicato Internacional de Mujeres Trabajadoras Textiles.

Como se ve, la revolución femenina no tiene para nada un saldo blanco; y aunque mucho se ha avanzado, la desigualdad y la discriminación de género campean en varios campos de la  vida social,  política y  profesional.

La cultura patriarcal sigue cobrando víctimas femeninas, y no es sino hasta estas fechas en que la valentía de mujeres famosas o de reconocido prestigio ha emprendido una lucha por la otra liberación, la liberación del miedo a denunciar, a decir, a señalar cuando se  ha sufrido violencia o acoso sexual.

Liberarse de ese miedo no debe ser nada fácil; exponer el gran dolor sembrado al amparo de la impunidad  propiciada por ese gran protector que es el silencio de la víctima, debe costar muchas horas de sueño, muchas lágrimas y mucha fuerza moral.

Sin embargo, la ganancia es mucha y multiplicada; porque al deshacerse de ese fardo pesado de vergüenza y culpa a través del reconocimiento público de su pena, y al señalar a la luz del mundo entero a los perpetradores de tal vileza, liberan también a las que aún no se atreven, porque siembran en ellas la posibilidad de que un día, ellas también serán capaces de no callarse más.

Son muy importantes las implicaciones de ese movimiento denominado en inglés, Me Too, o  Yo También en español; son importantes porque ponen el dedo precisamente en el renglón correcto, en ese que dice: “cuidado, porque te quitaré la máscara delante de todos”; porque ya no habrá más silencio protector y seguramente, las denuncias legales aumentarán.

Es terrible que en México, de acuerdo con el  Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI),  el 94 por ciento de los delitos sexuales no se denuncien y por lo tanto, no se castiguen.

Esa es la otra lucha, esa es la revolución femenina/feminista que sigue y que  ya inició; esperemos que no encuentre más sangre en su camino.

¿La Revolución Femenina es la única que no ha cobrado víctimas?, ya vimos que no.

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