La inmensa levedad de la democracia peruana y la terquedad de la resistencia al fujimorismo
- “La segunda vuelta, casi inevitablemente, vuelve a colocar al Perú frente a un dilema recurrente. Keiko Fujimori aparece nuevamente como figura central de un sistema que no logra desprenderse de sus fantasmas. Su eventual pase al balotaje confirma la persistencia del fujimorismo como fuerza política, pero también evidencia la incapacidad del país para renovar su liderazgo”
JOSÉ CARLOS LUQUE BRAZÁN /
Ciudad de México, 13 de abril de 2026. La jornada electoral que cerró ayer la primera parte de la primera etapa del proceso electoral peruano deja una sensación amarga, casi existencial: la democracia peruana sigue viva, sí, pero sostenida por hilos cada vez más delgados. Lo que debía ser una fiesta cívica terminó revelando, una vez más, la fragilidad estructural de un sistema político incapaz de ofrecer al país una representación sólida, confiable y verdaderamente democrática.
Perú acudió a las urnas con una oferta electoral abrumadora: treinta y cuatro candidaturas presidenciales, una cifra que lejos de expresar pluralidad saludable refleja dispersión, precariedad institucional y ausencia de partidos consolidados. La proliferación de candidaturas no es señal de vitalidad democrática; es, más bien, síntoma de una política atomizada, improvisada y dominada por personalismos. En ese escenario, el elector no votó entre proyectos nacionales claramente diferenciados, sino entre fragmentos de ambición, improvisación y oportunismo.
El problema no radica únicamente en el número de candidatos, sino en la calidad del debate público que los rodeó. La campaña estuvo marcada por el predominio de una cultura política banalizada, heredera de décadas de degradación institucional incubadas durante el fujimorismo: espectáculo antes que deliberación, propaganda antes que ideas, marketing antes que programas. Esa “cultura chicha” de la política convirtió la contienda electoral en una vitrina de slogans vacíos, gestos populistas y candidaturas diseñadas más para capturar emociones instantáneas que para ofrecer soluciones viables.
En medio de ese panorama, millones de peruanos acudieron a votar movidos más por resignación que por esperanza. Muchos lo hicieron para anular su voto como gesto de protesta; otros, atrapados en la lógica del mal menor, eligieron “de los malos, los menos malos”. Esa frase, tan común en democracias fatigadas, retrata con crudeza el drama peruano: la ciudadanía participa, pero lo hace cada vez con menor convicción en que su decisión pueda transformar realmente el destino del país.
La segunda vuelta, casi inevitablemente, vuelve a colocar al Perú frente a un dilema recurrente. Keiko Fujimori aparece nuevamente como figura central de un sistema que no logra desprenderse de sus fantasmas. Su eventual pase al balotaje confirma la persistencia del fujimorismo como fuerza política, pero también evidencia la incapacidad del país para renovar su liderazgo. Frente a ella, nombres como Rafael López Aliaga, Jorge Nieto Montesinos, Roberto Sánchez o Velón Canciller representan alternativas todavía inciertas, ninguna de ellas capaz, por ahora, de encarnar una narrativa nacional integradora.
Sin embargo, el dato más revelador quizá no esté en la presidencial, sino en el Congreso. El debilitamiento de la hegemonía derechista en la Cámara de Senadores —donde al menos 32 de los 60 escaños quedarían en manos de fuerzas de centro, centroizquierda o abiertamente antifujimoristas— introduce un contrapeso político relevante. No se trata todavía de una transformación estructural, pero sí de una señal de reequilibrio que podría impedir la captura absoluta del poder legislativo por sectores conservadores.
Ese cambio, aunque modesto, revela una paradoja: mientras la elección presidencial parece condenar al país a repetir sus viejos antagonismos, el Parlamento podría abrir espacios para nuevas correlaciones políticas. Allí reside quizá una tenue esperanza democrática. En la fragmentación legislativa puede emerger negociación, pluralismo y freno institucional, siempre que las bancadas logren superar la lógica de la confrontación permanente.
La democracia peruana es leve porque descansa sobre instituciones frágiles, partidos endebles y ciudadanías exhaustas. Pero esa levedad no equivale todavía al colapso. Más bien describe una democracia suspendida en un equilibrio precario, vulnerable al peso de sus propias contradicciones. El Perú no enfrenta únicamente una crisis de representación; enfrenta una crisis de sentido democrático: votar sigue siendo obligatorio, pero creer en la política se ha vuelto opcional.
Y, sin embargo, en esa persistencia del voto —incluso del voto nulo, incluso del voto resignado— subsiste una forma mínima de resistencia cívica. Tal vez ahí radique la última fortaleza democrática del país: en una ciudadanía que, pese al desencanto, todavía no renuncia del todo a la posibilidad de cambiar su historia.




