Los mejores días están por venir
GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /
Acapulco, 11 de septiembre de 2026. Cada cuarenta segundos, más o menos, mientras alguien se sirve el primer café de la mañana o espera el camión en una esquina cualquiera, una persona en algún lugar del mundo muere por suicidio. Son más de setecientas mil al año, según la Organización Mundial de la Salud y en México pasan de ocho mil; cifras que aparentemente dicen poco, pero vistas desde el ángulo del dolor y el sufrimiento, representan qué tan necesario es no olvidarnos que no estamos solos, qué tan pertinente es no permanecer en silencio, qué tan necesario es decirlo y hablarlo todo aunque parezca incomprensible e inútil.
Ayer se celebro de manera global el Día Mundial para la Prevención del Suicidio; y por ese sólo hecho, conviene recordarnos y llamar nuestra atención en que de esto también se habla y cuando se habla debe ser en voz alta.
La realidad es que en muchos lugares sigue abordándose el tema del suicidio como antes se trataban las enfermedades innombrables, con un silencio de sacristía y una vergüenza heredada que no le sirve a nadie. Las familias lo esconden detrás de eufemismos, los periódicos lo relegan a una nota breve y un número importante de autoridades y representantes políticos lo contempla como quien mira llover desde la ventana, convencido de que es un asunto privado que ocurre en recámaras ajenas.
Y también es verdad que se trata de un problema público con la misma legitimidad que el dengue, la muerte materna o las enfermedades crónico-degenerativas; y por lo tanto, exige un tratamiento similar, consistente en la asignación depresupuesto, de recursos humanos especializados ycapacitados, sistemas de información estadística confiables así como una red de atención que llegue hasta el último rincón de la entidad, donde incluso la palabra psicología carece de significado y donde los servicios de salud pública se ciñen a la atención básica.
Porque detrás de cada cifra hay un dolor que no se ve; quien llega al borde del precipicio en su vida no busca la muerte, busca que cese un sufrimiento insoportable. Los pensamientos y las emociones, en esos días vertiginosos en los que el temor se apodera de todo, se convierten en narradores tramposos que repiten una y otra vez la misma historia, la de que nada va a cambiar, la de que uno es una carga, la de que el túnel no tiene salida; se trata de una distorsión de la realidad tan convincente que parece la realidad misma, pero es mentira porque se trata del padecimiento hablando con la voz de uno.
Por eso es preciso insistir que la salud mental no puede continuar siendo el pariente pobre de las políticas sanitarias; en ese sentido, es necesario plantear la necesidad de implementar programas, con la concurrencia de distintas instituciones públicas, encaminados en detectar a personas en situación de riesgo, tanto en escuelas como en centros de trabajo, mediante el trabajo de especialistas en la materia;también, fortalecer la operatividad y extensión de las líneas de ayuda que contestan a la primera llamada, como la implementada por el gobierno estatal; finalmente, la capacitación de personal médico para abordar pertinente y adecuadamente situaciones relacionadas con la salud mental y emocional.
A quien pudiera leer estas líneas desde el fondo de ese oscuro y profundo pozo, puedo asegurarle, con la voz de mi experiencia, la única verdad valiosa que vale la pena compartir: es posible salir. Lo sabemos miles de personas que un día creímos que no veríamos otro amanecer y hoy compartimos nuestra historia con la serenidad de los sobrevivientes de un naufragio. El dolor, por grande que sea, no es eterno, aunque en la madrugada lo parezca. Pedir ayuda no es rendirse; es el primer acto de valentía de una vida que todavía tiene mucho que decir.
Los mejores días no son los que ya pasaron; son los que todavía no han llegado, son los que están por venir. Sólo no continúes guardando silencio, únicamente busca ayuda.




