Aritmética del bienestar. Reflexiones en torno a los resultados del quinto informe de la gobernadora Evelyn Salgado
GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /
Acapulco, 15 de septiembre de 2026. En Guerrero se pueden contar las cosas y los hechos de distintas formas, desde distintas perspectivas y bajo distintas lógicas; por ejemplo, se pueden medir en las horas que tardaba una mujer de la Montaña en bajar a parir al hospital más próximo, en las cosechas que se perdían por las condiciones de un camino que complicaban la accesibilidad a las comunidades o en los años que un pueblo entero tuvo que esperar para que llegara el suministro de energía eléctrica. Quien conoce esa aritmética sabe por qué las cifras del Quinto Informe de la gobernadora Evelyn Salgado Pineda, rendido el 11 de septiembre en el Auditorio Sentimientos de la Nación, merecen además de nuestro reconocimiento una pausada y merecida atención.
Los datos son sobrios pero sustantivamente persuasivos; baste recordar que más de 80 mil guerrerenses dejaron atrás la pobreza y 32 mil superaron la pobreza extrema; la incidencia estatal descendió de 60.4 a 58.1 por ciento entre 2022 y 2024, mientras el ingreso promedio de los hogares subió de 45 mil a poco más de 48 mil pesos.
Detrás del comportamiento de esos indicadores hay una decisión de método; a decir, planear desde el bienestar, ordenar el gasto, las obras y los programas sociales en torno a una pregunta elemental —¿Qué le falta a esta familia, en este municipio, para vivir mejor?— en lugar de repartir presupuesto por inercia burocrática. Los caminos artesanales, los telebachilleratos comunitarios y las nuevas ofertas educativas en nivel superior, la infraestructura hospitalaria en la Montaña no son acciones aisladas sino una argamasa que constituye la política promovida por la gobernadora vista desde ángulos distintos.
De ello se deriva otro de los resultados enunciados por la gobernadora, y que quizá representa en terminos sociales y políticos uno de los logros más importantes para la entidad en los últimos tiempos; Guerrero alcanzó el menor promedio diario de homicidios dolosos en más de una década, con una caída cercana al 30 por ciento respecto de 2021 y superior al 61 frente al pico de 2017; entre enero y julio de este año, las carpetas por delitos de alto impacto pasaron de 2 mil 176 a mil 709. Durante décadas se nos explicó la violencia guerrerense como una fatalidad geográfica o de carácter; resulta que no era ninguna de las dos cosas, donde el Estado llega con acciones tendientes a atender la educación, salud, la infraestructura comunitaria y el mejoramiento del ingreso, la violencia cede. Atender las causas sociales, culturales y económicas que originan la violencia y profundizan las desigualdades, es la herramienta fundamental en el mediano y largo plazo para restituir el tejido social y mejorar las condiciones de cohesión social, piezas clave en la construcción de la paz larga y duradera.
Conviene, sin embargo, resistir la tentación del triunfalismo; lo que tenemos es una tendencia, no necesariamente un destino, porque las tendencias pueden revertirse con una facilidad que Guerrero conoce de sobra. Por eso volverlas irreversibles exige continuar la modernización política de la entidad, dar estabilidad y certeza institucional a las políticas de bienestar, para que no dependan del humor de un gobierno ni de la firma de una persona. Por eso mismo, a mi parecer, quedan por delante dos tareas de gran calado; la primera, una reforma administrativa seria y profunda, que convierta la voluntad política en capacidad estatal instalada; y la segunda, un nuevo modelo de planeación de largo plazo, con horizonte de veinte o treinta años, vinculante, que obligue a los gobiernos por venir a rendir cuentas ante un proyecto de estado y no ante sus deseos personales, sus perspectivas y la limitación de sus periodos constitucionales.
Lo demás ya lo sabe el pueblo de Guerrero, que aprendió a medir el tiempo por las cosas que no llegaban; aunque en esta ocasión empiezan a materializarse muchos anhelos, queda aún asegurar que permanezcan para hacer de la democracia una forma de vida y no sólo una forma de elegir.




