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Acapulco, 21 de octubre de 2021

Cuando se acercó llegó con su pequeña humanidad ofreciendo una artesanía lindísima, unas ranitas color verde elaboradas, entre otras cosas, con conchitas de mar, ojitos saltarines, una piedra y lo extra que llevase.

“Cómpreme, mira, una veinticinco, dos por cincuenta y el paquetito a 100”, es ahí cuando desmonta de su espalda una mochila pequeñita pequeñita color azul con unos dibujos de los perritos de Paw Patrol; la ternura de ese niño impide que se le regatee; en este mundo capitalista donde todos estamos acostumbrados a la ganancia y el lucro, cómo es posible sacar ventaja de un niño que hace lo posible para ganarse unos pesos.

“¿Cómo te llamas?” Y esperando a bote-pronto una respuesta de nombre clásico dice, Elías. “¿Cuantos años tienes?”: seis. “¿Estudias, vas a la escuela?”: Si, primero de primaria. “¿Y, qué haces aquí?”: Trabajar para mi familia, hace falta dinero…

Y así fue el diálogo tan breve, Elías, pequeñito y delgadito como un árbol de limón recién sembrado, aprende día a día a ganarse la vida, como dirían los neoliberales y adoradores de la miserable meritocracia y cultura del esfuerzo, pero por qué no aprende a vivir, a ser niño, a jugar, a reír, a tener sueños, por qué no a sus seis años mantiene intactas las ilusiones que otro niño nacido en otro lugar o en otra clase, sí puede disfrutar; que este niño pueda estudiar para médico, arquitecto, ingeniero, maestro, doctor o la profesión que elija, y que nunca más el lucro, la ganancia, se imponga ante los sueños de nadie.

Al final del día tuve una infección estomacal, dice el médico que por comer algo en mal estado, pero interiormente pienso que fue el coraje de pensar que más infantes como Elías vean atropellados sus sueños y actividades propias de su edad por un capitalismo depredador que nos ha educado para la competencia, el lucro y la ambición desmedida; que esto cambie es también una tarea de todas aquellas personas que se reclaman por una transformación profunda, más haya de lo que dicten los burócratas que repiten un discurso en el que no creen pero que si actúan con vicios y prácticas del pasado.

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