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ROBERTO RAMÍREZ BRAVO    /

 

El Partido Revolucionario Institucional ha sido noticia en Guerrero por dos hechos recientes: el cumpleaños número 80 del ex gobernador Rubén Figueroa Alcocer, que a decir de algunos, concertó en un punto a toda la clase política priista; y por la tercera sesión de su Consejo Político Estatal, donde el gobernador Héctor Astudillo Flores advirtió que este partido tiene que reconstruirse para la elección de 2021.

Mucho se ha dicho, en columnas políticas, que el cumpleaños de Figueroa Alcocer fue un acto más político que social, y un anticipo de la recomposición del PRI para lo que viene, que concitó una unidad en torno a él –donde estuvieron, entre otras, figuras como el gobernador Héctor Astudillo, los ex gobernadores René Juárez Cisneros y Ángel Aguirre Rivero, el senador Manuel Añorve Baños, que es uno los aspirantes más visibles para suceder al actual mandatario; y Mario Moreno Arcos, la otra apuesta visible para la gubernatura- y que hubo claras señales ahí de por dónde podría venir la candidatura de este partido al gobierno de Guerrero dentro casi un año y medio.

En la sesión del Consejo Estatal, el discurso de Astudillo Flores fue el eje central. Y dijo el mandatario –considerado el primer priista, dentro de la tradición de este partido- que será necesario reconstruir al tricolor, abrir sus puertas a quienes quieran entrar, dejar atrás la arrogancia y trabajar mucho.

La realidad, sin embargo, es que se trata de dos actos que están más llenos de simbolismos y de buenos deseos, que de fortalezas reales. Rubén Figueroa Alcocer empezó a perder peso dentro del PRI cuando dejó el gobierno, en 1996, a raíz de la matanza de Aguas Blancas, donde 17 integrantes de la Organización Campesina de la Sierra del Sur fueron asesinados por la entonces Policía Motorizada, que dependía del gobierno estatal.

Durante el primer gobierno de Aguirre Rivero –que lo sucedió en la gubernatura, para terminar su período, que iba a la mitad-, Figueroa Alcocer sufrió su primer descalabro, pues el ometepequense no se sometió a sus dictados y devino la ruptura, con demérito ineludible para Figueroa, que perdió por primera vez sus contratos millonarios del fertilizante, y que vio a sus empresarios consentidos –en particular el Grupo Mexicano de Desarrollo, gran constructor del figueroísmo- quedarse sin los contratos que el aguirrismo le arrancó.

Durante el gobierno de René Juárez, Figueroa Alcocer no tuvo mayor relevancia. Sus cuadros políticos, que ya venían siendo disminuidos por el aguirrismo, fueron marginados u obligados a establecer nuevas lealtades con el gobierno en turno, de modo que cuando el PRD con Zeferino Torreblanca llegó al poder, el figueroísmo era solo un recuerdo. Pero Figueroa mantenía estrecha amistad con el empresario convertido en gobernador, lo que le dio un poco, solo un poco, de jugada, muy discreta y casi como para pasar a retiro. Su hijo Rubén Figueroa Smutny empezó a tomar la batuta del clan.

El regreso del aguirrismo, en 2010, ahora con el PRD, puso sobre la mesa el tema de la guerra sucia con la creación de la Comisión de la Verdad, y eso implicó un nuevo golpe al figueroísmo, pues la figura central de esa cruenta represión fue el padre de Figueroa Alcocer, el en esos años (finales de los 70) gobernador Rubén Figueroa Figueroa.

Ya sin ninguna influencia dentro del PRI, Figueroa Alcocer vio a su propio hijo abandonar el partido en el que su familia militó toda la vida.

¿Cómo es que ahora, de pronto, resulta ser el patriarca, el que los reúne a todos, el que marca línea, el que da señales?

Eso puede entenderse solo revisando la segunda parte de esta historia, en las palabras del gobernador durante la sesión del Consejo Estatal. El PRI necesitaba buscar su acercamiento interno, y recurrió a Rubén Figueroa, una figura sin ningún poder real, pero con una tradición antigua, para que ninguno de los representantes de las fuerzas reales apareciera como convocante, pues todos quieren salir en la foto.

En el fondo, es una vieja estrategia priista, buscar la unidad a cualquier precio. En este caso, los dos eventos de los últimos días muestran el endeble equilibrio en que se encuentra ese partido. Por eso primero vino la reunión en el cumpleaños, en torno a un fantasma político, y luego el llamado del gobernador. La cosa, vista así, es seria: el PRI necesita luchar para ganar, pero primero tiene que hacer la tarea adentro: lograr la unidad, atraer nuevos militantes, dejar la arrogancia y trabajar, trabajar y trabajar… sin perder sus equilibrios.

Las elecciones de 2021 no serán un campo de rosas, eso parece quedarle claro a los propios priistas. Héctor Astudillo vivió en carne propia la importancia de ir al campo de batalla con un ejército unido. También Manuel Añorve conoce el desastre que puede provocar la división. Y Ángel, Ángel Aguirre, claro, sabe el valor que puede significar su apoyo, desde la distancia, para uno y otro escenario.

 

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