agosto 11, 2026

Cuando el tiempo termina

Rabo de Nube

Para don Pedrito Pastor, mi querido tío.

GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /

Acapulco, 10 de agosto de 2026. Entre sus muchas crueldades, la muerte nos muestra dolorosamente la inevitabilidad de la ausencia definitiva cuando alguien cercano se marcha: nada de lo que amamos está destinado a durar para siempre. Por eso los monjes del Tíbet, a través del legado milenario del budismo recomiendan el desapego total a todo lo material e inmaterial: personas, seres, objetos, cosas, bienes económicos, reconocimiento, prestigio o poder.

Paradójicamente, esa recomendación va acompañada de otra de igual valor; practicar el amor en cada instante de nuestro paso por este plano terrenal; es decir, desprendernos de nosotros mismos para los demás. Cuando convertimos esa práctica en un hábito, hacemos del amor algo preciado y hermoso .

José Ángel ya no está entre nosotros de manera física, como egoístamente quisiéramos. Pero está entre nosotros de una forma diferente que nos permite distinguir y apreciar cosas que eran invisibles para los ojos. Decirlo así, con la desnudez de esas palabras, resulta todavía difícil. Porque durante mucho tiempo la familia hablaba de él en presente, esperaba su llegada y su estancia en los lugares comunes, acompañaba sus expectivas, deseos, anhelos o incertidumbres y temores, interpretaba sus miradas, gesticulaciones, o sus palabras en el aire siendo su voz. La vida se había reducido a lo esencial y básico que es ser y estar.

Después llegó el silencio de manera sorpresiva, incomprensible, ininteligible, extraordinaria. El silencio que deja la ausencia no se parece a ningún otro; al principio lo ocupa todo, los lugares donde acostumbraba sentarse, los objetos que permanecen intactos e inalterados en el lugar que quedaron así como el espacio en el que su voz ya no se escucha. Pero con el paso del tiempo descubrimos que la ausencia también puede convertirse en una forma de presencia.

José Ángel ya no está físicamente entre nosotros, pero permanece en nosotros; en las conversaciones familiares, en las anécdotas que volverán una y otra vez, en las fotografías, en los gestos que quizá alguno de nosotros repita sin darse cuenta. Permanece, sobre todo, en una manera distinta de mirar la vida; y quizá ahí esté la verdadera victoria sobre la muerte, no en vencerla —nadie puede hacerlo—, sino en impedir que la existencia de alguien termine completamente cuando su cuerpo deja de estar.

Spinoza a través de su legado intelectual en sus textos, nos permite pensar la muerte desde un lugar distinto al de la derrota: Somos parte de la naturaleza y regresamos a ella; la existencia individual es apenas una expresión, breve y singular de algo mucho más grande que nosotros mismos. Somos naturaleza, materia, memoria, afectos, vínculos, y también somos aquello que dejamos en otros. Allí es donde la tuerca da vuelta y la perspectiva cambia, porque ya no se trata solamente de cuánto tiempo vivimos, sino de qué hacemos con el tiempo que nos es concedido.

Schopenhauer, con su mirada severa sobre la condición humana, nos recuerda que todo deseo está atravesado por la insatisfacción y que la existencia es inevitablemente transitoria. Pero quizá podamos leer esa transitoriedad no como una condena, sino como una llamada de atención.

Si todo pasa, entonces cada instante importa; si todo termina, entonces cada abrazo importa; si algún día dejaremos de escuchar la voz de quienes amamos, entonces cada palabra dicha posee un valor incalculable que debemos apreciar. Si nuestros hijos crecerán, nuestros padres envejecerán y nuestros amigos tomarán caminos que quizá algún día se separen del nuestro, ¿por qué deberíamos vivir como si tuviéramos asegurada la inmortalidad y la eterna juventud?

José Ángel no pudo responder esa pregunta con palabras; la respondió con su vida y con su doloroso tránsito a otro plano. Su lucha nos mostró que aferrarse a la existencia no significa derrotar al destino; pero sí apreciar en los pequeños detalles las grandes cosas de la vida: permanecer un día más, amar un día a la vez, compartir un momento darle a quienes nos rodean la posibilidad de acompañarnos y de decirnos, aunque sea sin palabras, cuánto significamos para ellos.

Por eso este texto no quiere ser una despedida triste, sino un agradecimiento profundo, sincero, honesto, sensato, justo y cálido. Gracias, José Ángel, por la lucha y la entereza; por recordarnos que el cuerpo puede debilitarse sin que necesariamente desaparezca la dignidad; gracias por enseñarnos, incluso en tus horas más difíciles, que la esperanza no consiste en esperar un milagro sino en encontrar belleza en el día que tenemos delante. Y gracias por dejarnos la responsabilidad de conducir nuestros destinos intentando en nuestros actos vivir mejor.
Hasta pronto, querido José Ángel; nos veremos un día en la eternidad.

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