Reflexiones sobre algunos aspectos de la vida y legado de Ignacio Manuel Altamirano*
GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /
Antes de iniciar deseo reconocer el invaluable detalle, de quienes se encuentran en este honorable recinto, de obsequiar su muy valioso tiempo esta mañana para acompañar los esfuerzos institucionales de los gobiernos del municipio y del estado para conmemorar, celebrar y festejar un año más del natalicio de nuestro intelectual, del maestro de la patria, del guerrero intrépido, del magistrado justo, del queridísimo tixtleco Ignacio Manuel, del admirado Homobono Serapio, del inmortal Altamirano Basilio.
Gracias por no permitir que se extinga la tradición hecha hábito ya, de recordar, revivir y evocar la vida de las personas que con su excepcionalidad, que habiendo estado fuera de norma, de lugar, de época, en el tiempo en que les tocó vivir, rompieron paradigmas e hicieron camino para quienes llegamos después.
Y gracias también, infinitas gracias, por la distinguidísima invitación para acudir al simposio, al encuentro cófrade, a una de las fiestas cívicas más importantes de esta honrosa ciudad Guerrero; esta es una de esas altas distinciones que se guardan en la memoria y el corazón, la de estar aquí y ser parte de los convidados a celebrar, a evocar y festejar el paso de una persona ilustre, bondadosa, generosa, ecuánime, coherente y –dicho en palabras del maestro Octavio Paz–, contemporáneo de todos los tiempos.
Porque de esas personas fue Serapio, de esa magnitud Homobono; así se las gastó Ignacio Manuel, por eso el maestro Altamirano Basilio ocupa hoy el lugar más importante entre los intelectuales guerrerenses de todas las épocas y un espacio muy bien definido entre esa generación de liberales decimonónicos que con su talento, con su virtud, idearon, definieron y consolidaron la forma y sustancia del Estado Mexicano a través de sus instituciones, de su entramado constitucional; pero más allá de eso, definieron el paradigma cultural que habría de dar cuerpo, alma e identidad a la nación mexicana, a la patria entera que hoy somos.
Y bueno, henos aquí reunidos en torno a la celebración de este barón bendito –diría mi abuela Enriqueta–, de este señor que desde la adversidad más inverosímil logró construir para sí, para su patria y para el mundo entero un universo de ideas, un sistema de valores, un modelo de vida y un ejemplo de amor.
Antes de continuar yo quiero mi admirado maestro, ofrecerte una disculpa por el atrevimiento de venir con tanta osadía hasta la tierra que te vio nacer para hablar sobre ti y sobre el imponente pero desafiante, exquisito pero escandaloso legado que representa tu obra material e inmaterial; disculpa la irreverencia de este incansable y eterno aprendiz de ti, de todos, disculpa también la impostura asumida esta mañana, esta víspera de un aniversario más de tu natalicio, pero es que hablar sobre ti y de ti como algo inasible, como algo inalcanzable, como alguien que ocupa un lugar en las paredes en que han inscrito tu nombre en letras de oro o en las placas de distintos materiales con las que la clase política se solaza de honrar tu memoria, me resulta insustancial, vacío, sin sentido ni razón e injusto.

Yo prefiero hablar de ti como si hablara contigo, elijo hablar sobre tu obra inmaterial y material como el resultado del esfuerzo de un hombre que vivió cada circunstancia, cada momento, con tal intensidad, que logró definir a detalle sus colores, sus matices, sus olores, sus sabores, sus texturas; así como sus cualidades, sus perspectivas, sus sonidos, sus cadencias, sus ritmos, tonos y acordes; de la misma forma en que con esa óptica maquiaveliana lograste deshilvanar las complejas tramas de la política mexicana de tu época que fue un tiempo recio –usando las palabras de Mario Vargas Llosa–, una temporada convulsa, en una etapa que ni más ni menos correspondió el paso más importante después de la emancipación de la metrópoli; y que consistió, en el esfuerzo intelectual de un número importante de personas para configurar al Estado Nacional mexicano, la secularización política y el tránsito de un incipiente Estado confesional a un verdadero Estado laico, así como el diseño constitucional que permitiese ofrecer a sus ciudadanos un conjunto de derechos sociales, económicos, políticos y culturales en un contexto de menos desigualdades jurídicas. Y qué decir del proyecto cultural del liberalismo mexicano, simiente del crisol que somos y pudo tomar orden de esa abigarrada y primigenia argamasa de lo que fue el choque, encuentro y sincretismo cultural decantado en el sinuoso proceso colonial y que se cristalizó mucho después de la Independencia, sólo con el talante, la visión y el compromiso de personalidades tan ingeniosas como tú, tan virtuosas como tú y tan iluminadas por la fortuna como tú también.
El año que Robert Owen en el Reino Unido organizó la Gran Unión Nacional Consolidada de Oficios; en que es suprimida la Inquisición española por decreto real; ese mismo año en que nacieron el químico ruso Dmitri Mendeléiev, el pintor francés Edgar Degás, el economista francés León Walras; aquel en que murió el emperador Pedro I de Brasil, el economista, filósofo y político inglés Thomas Malthus; ese 1834, cuando el Instituto de artes y ciencias de Oaxaca otorgó el título de licenciado a Benito Juárez, el año en que se desató en nuestro país una epidemia de cólera que causó más de 20 mil defunciones, y en que además se profundizaron las animadversiones entre Santa Anna y Valentín Gómez Farías, en la ya inevitable disputa política entre centralistas y federalistas, en Ciudad Guerrero, en las tierras del sur pertenecientes aún al Estado de México, nació un jueves 13 de noviembre el hijo Francisco Altamirano y Gertrudis Basilio. Pero para quienes registraron tu nacimiento lo relevante para los registros eclesiales fue que eras hijo de indio y mestiza; es decir, en la sociedad aún estratificada, de acuerdo con los cánones raciales de la época, te correspondió identificarte primero como cholo, coyote, meslindo; y sólo después de registrar acuciosamente la raíz y origen de tu ascendencia, sólo después de eso fuiste Ignacio, fuiste Manuel, Homobono, Serapio, y luego ya casi al final fuiste Altamirano y Basilio.

¿Por dónde empezamos? Decía mi abuelo Fidencio que empezar por el principio es una buena forma de comenzar; y mi abuelo Pedro decía que al mal paso hay que darle prisa. Así que el principio, el inicio, el punto de partida de nuestro festejado fue su origen en la adversidad social, económica y política de la época que vivió. Cuando miro los daguerrotipos en los que se muestra el perfil desgarbado pero firme, con pelo revuelto e hirsuto, entrecejo ceñido con ojos de mirada profunda, casi melancólica, nariz aguileña, labios delgados y bigote con barba rala, lo primero que me pregunto es ¿Dónde estuvo la magia, dónde lo causal y dónde lo casual? Porque echando un vistazo a su trayectoria de vida; sin fortuna, la virtud innata del maestro habría quedado hacinada en ciudad Guerrero y muy probablemente condenada al olvido.
Nadie de la burocracia eclesiástica encargada de documentar, registrar, clasificar y archivar los documentos que dieron fe de tu bautismo y de tu incorporación al mundo; ni uno solo, reparó en la conjunción de tantas virtudes en una sola persona a través de sus nombres y apellidos.
Tu nombre querido maestro nos dice mucho de la personalidad que forjaste; por principio nos refiere el ardor, el candor, la ignis, la ignatius, la chispa que al hacer ignición enciende la pradera; pero también tu nombre nos recuerda la presencia de Dios con nosotros todos, a través del hombre bueno, del hombre noble, del amoroso que se desprende de lo que tiene a cambio nada; la compasión, entrega y fe inquebrantable; y desde la dignidad y autoridad que la nobleza de tu humilde origen impone, nos miras desde la altura que prodiga la estatura de un hombre universal como lo fuiste, como lo eres y como lo serás hasta la eternidad.
Altamirano nació pues en un contexto político, cultural y económico complejo; le correspondió crecer en ese ambiente de indefinición, contrariedades, disputa sobre qué modelo de país que queríamos ser; los principales debates se ceñían sobre qué tipo de modelo constitucional adoptar y qué instituciones políticas habría de diseñar. Aunado a ello, agregaría la fuerte influencia del clero, de las instituciones eclesiásticas sobre una parte importante de la población y su nada desdeñable influencia e intromisión en los asuntos políticos, gubernativos y administrativos.
He llegado a creer, en esa posibilidad mística de que el Dios de la naturaleza ya tenía preparado para ti ese devenir pródigo de experiencias y los inscribió amorosamente en tus nombres y apellidos, investidos sí, investidos de significados; ese Dios que evocó Einstein haciendo referencia a los principios teológico-filosóficos propuestos por Baruch Spinoza, el judío expulsado de la corte rabínica de Amsterdam, el crítico del catolicismo y del cristianismo sectario, pero con una interpretación inconmensurable de la fe y del destino que ya está inscrito en la vida de cada uno de nosotros, pequeñas partículas de un todo que en el caos que es el universo encuentra su sitio para definir cierto orden.
Como fórmula mágica, virtud y fortuna se fundieron en una sola, ambas tejieron la urdimbre con finura y exquisitez para abrirte un camino que no fue sencillo, más bien sinuoso, pero del que cosechaste satisfacciones muy personales; de muestra, botones de sobra, pero me sorprende, me asombra, me pasma, que Cayetano de la Vega, tu primer instructor te separó de los discípulos indios destinados a aprender a persignarse, memorizar rezos, letanías y prepararse para hacer la primera comunión, para colocarte entre los «niños de razón», que eran los no indios, los que gozaban de cierto reconocimiento social y que por su condición de hijos de propietarios, terratenientes, comerciantes, estaban destinados a una vida cómoda; y eso, querido maestro, hizo la diferencia, porque te permitió conocer un poco más allá de lo que te estaba permitido, y fue esa la graciosa coincidencia que te otorgó la llave de acceso para acceder a tus 14 años, a la multicitada beca para estudiar en el Instituto Literario y Científico de Toluca.
Que dicho sea de paso tampoco fue coincidencia, sino la suma se causalidades que el destino preparó para ti, pues fueron de mucha ayuda las relaciones personales construidas por Francisco Altamirano a partir de su posición política como alcalde de la república de indios así como sus actividades comerciales. De otra forma cómo se explica el cobijo y mecenazgo tanto del general Juan Álvarez como del apoyo de Mariano Riva Palacio, esposo de María Dolores Guerrero Hernández, hija de nuestro general Vicente Ramón Guerrero Saldaña y padre del general Vicente Riva Palacio. Es decir, contó ni más ni menos que con el respaldo político de actores relevantes en la lucha por la definición política de la república. Desde luego, sin menoscabo de esa actitud intrépida y vivaz que debió caracterizarte; porque yo honestamente imagino que debiste ser un niño y adolescente de oído fino, de sentidos aguzados, hasta cierto punto impertinente y por supuesto con una imaginación desaforada, sólo de esa forma se explica y justifica tu interesante y vertiginoso ascenso formativo en la academia. No dudo que muchos de ladino no se cansaron de señalarte, envidia pura diría yo, que más bien creo fue un pragmatismo contumaz, inteligente, sagaz y hábil, con el que abriste puertas y corazones; la necesidad, la precariedad, pero el ímpetu y el talante son la fuerza motora de quienes como tú tuvieron que abrirse paso ante las adversidades más inverosímiles.

Tu transición entre indio de Tixtla y maestro de la patria no requirió de un largo periodo para fraguarse; el éxodo, la larga caminata acompañada por tu padre de ciudad Guerrero a Tlalpan –donde se encontraba el recinto del Instituto Científico y Literario de Toluca– fue el punto de inflexión con el que instauraste en tu magisterio, y muy pronto después del 17 de mayo de 1849 fecha en que ingresaste formalmente a iniciar tu formación académica, empezaste a dar visos de tus habilidades, destrezas y dones en el afán de ignorar menos, de conocer cada día más, como si el tiempo se agotase, como si el mundo se consumiera, como si cada segundo, minuto, hora o día careciera de sentido si no fuese aprovechado para obtener del espíritu de las letras la razón del saber y del conocimiento. Sí, aprendiste más por memoria que por técnica; pero así como en la guerra y en el amor todo se vale, en estos menesteres del aprendizaje, cualquier recurso es válido, y así durante tres años y medio de denodado esfuerzo, te entregaste a tu formación de bachiller acudiendo a misas, física, gimnasia, música, talleres, latín, matemáticas, inglés, francés, español y griego; desde luego, la naturaleza liberal estaba inoculada en tu vena y tu carrera formativa se acompañó de bemoles, como el desaguisado por la confusión en la autoría de los poemas candorosos aquellos de los que libraste la expulsión gracias a la oportuna comunicación epistolar por la que pediste con exquisita y notoria habilidad argumental la intercesión del general Juan Álvarez ante Mariano Riva Palacio entonces gobernador del Estado de México, perdón por la imprudencia, pero es que no podemos perdernos este fragmento que ofrece una idea clara del talento innato del joven Nacho:
«Siempre los humanos abatidos por las vicisitudes son dignos de compasión y de socorro, pero como este no se puede conseguir de cualquiera clase de personas, sino de aquellas como vuestra excelencia están dotadas de suma benevolencia, misericordia y amparo para con los desgraciados, a ellas se recurre implorando su beneficencia»
Esa intrépida solicitud tuvo el amabilísimo costo de evitarte la temprana expulsión y asignarte el generoso castigo de prestar tus servicios como bibliotecario del acervo bibliográfico del Instituto, lo que sin ninguna duda fue, una vez más, manifestación de la fortuna, pues eso justamente eso te permitió con toda la facilidad del mundo acceder a los clásicos de la literatura universal en sus idiomas originarios; es decir, que esa pena impuesta fue más bien un néctar de sabiduría del que supiste libar discreta y pacientemente para forjarte desde esos inicios ya, como el maestro de la patria que seguiste siendo después. Luego, con el asiento y consolidación de tus ideas liberales fue inevitable tu expulsión; tu adhesión a los preceptos liberales que fueron influencia tanto de tu maestro Ignacio Ramírez «El nigromante» como del presbítero José María Luis Mora, te condujeron del liberalismo militante al liberalismo practicante; y nuevamente, tu pluma pertinaz derrochó tinta subversiva en «los papachos», que te costaron ahora sí y de manera definitiva la expulsión.
Sólo otro homobono podría haberte sacado de la inopia en que te encontrabas entre 1852 y 1854 porque la mano amiga de Luis Rovelo te ayudó y animó a continuar tu formación jurisprudencial allá por 1855 caracterizada por la intermitencia impuesta ante las vicisitudes de la lucha revolucionaria de la que te hiciste partícipe por congruencia y convicción por lealtad y obediencia. Entregaste 13 años de tu vida a servicios militares en la causa liberal para restaurar la república primero del asedio centralista y conservador, luego del imperio, aunque yo creo más bien que para instaurar una nueva república o mejor dicho para en una sola nación sembrar distintas repúblicas; la república de las leyes, la república de las letras, la república de las instituciones, y la república de de la justicia.
Amoroso, amoroso porque asumió al amor como un acto de servicio para los demás; amoroso porque todo lo dio sin esperar nada a cambio. Cuando conoció a Margarita Pérez Gavilán en el colegio de las Vizcaínas, en una conferencia que dictó Nacho, aún siendo él alumno del colegio de San Juan de Letrán, quedó prendado, arrobado, deslumbrado y alumbrado; y se entregó afanosamente a ser para ella, de la misma forma en que se convirtió en uno más de esa familia que hizo tan suya hasta el final de sus días.
Intelectual, maestro, político, polemista, soldado de la patria, defensor del pueblo, poeta, escritor costumbrista, cronista del arte, servidor público, diplomático, ministro de ley, tixtleco, guerrerense, mexicano, ciudadano del mundo.
*Conferencia magistral que dictó el autor en el marco de la trigésimo sexta Jornada Altamiranista en Tixtla










































