Desplazado por amenazas, el padre Filiberto Velázquez oficia misa en el exilio
•El sacerdote y defensor de derechos humanos, habla de estigmatización, fe y víctimas: “Espero que las cosas estén mejor en Guerrero para poder regresar”
MARISOL WENCES MINA /
Acapulco, 12 de enero de 2026. El padre José Filiberto Velázquez Florencio celebró misa sin decir dónde estaba. No por misterio ni por liturgia, sino por seguridad. La transmisión se hizo desde su cuenta personal de Facebook la noche de este lunes, en dos partes, interrumpida por un corte que él mismo calificó como “raro”. Aun así, continuó.
El 5 de enero se hizo público el desplazamiento forzado del sacerdote y defensor de derechos humanos luego de que la diócesis de Chilpancingo-Chilapa confirmara que tuvo que salir de Guerrero por amenazas de grupos del crimen organizado, relacionadas con su labor de acompañamiento a víctimas de violencia y desaparición desde el Centro de Derechos Humanos Minerva Bello. La diócesis indicó que la protección federal fue insuficiente ante el nivel de riesgo.
Este lunes por la noche, a través de sus redes sociales, el padre Fili leyó un pasaje del Evangelio de San Marcos y una lectura del libro del profeta Samuel; Sin embargo habló desde una experiencia que no es teológica, sino vivida: el desplazamiento forzado.
“Hace ya ocho o nueve días, el obispo de Chilpancingo (José de Jesús Hernández), comunicó que yo estaba en esta situación, una situación para mí penosa, que yo no quería en principio que se conociera”, dijo al inicio de su reflexión. Explicó que no quiso hacerlo público “por todo lo que conlleva, ¿no? a la suspicacia, a las situaciones, al morbo, inclusive a veces la revictimización, porque pues sí, es algo escandaloso”.
Desde el Centro Minerva Bello, Velázquez ha acompañado durante años a familiares de personas desaparecidas, comunidades desplazadas y víctimas de la violencia armada en Guerrero. En diciembre pasado, ese trabajo fue reconocido con el Premio Tulipán de Derechos Humanos, otorgado por la Embajada del Reino de los Países Bajos en México. Semanas después, tuvo que salir del estado.
Durante la misa virtual explicó que se encuentra acogido por otra diócesis, cuyo nombre tampoco puede revelar: “Es una diócesis muy solidaria que no dudó en decirme te recibimos, no dudó en decirme estamos contigo, eres bienvenido aquí, nosotros te vamos a cuidar”, dijo. Aunque también resaltó que “hay cosas que no puedo hacer, como celebrar públicamente en una iglesia o en una parroquia, porque eso pondría en riesgo pues mi estancia en este lugar”.
No habló desde la sorpresa. El desplazamiento, dijo, es algo que ya conocía de cerca. “Yo lo he visto con muchas familias que han sufrido el desplazamiento. Mi propia familia tuvo un desplazamiento en 2021”. Por eso, explicó, sabía lo que venía después: las preguntas, los señalamientos, la duda permanente sobre las causas. “Siempre viene esto: la revictimización”.
A lo largo de la reflexión, el sacerdote fue entrelazando su experiencia personal con las lecturas bíblicas. Al hablar de Ana, la mujer estéril del libro de Samuel, puso el acento en la desigualdad, la discriminación y el estigma. “No solamente era una situación personal, era un signo de desgracia”, dijo, y desde ahí conectó con el presente en México: “¿cómo nosotros no vamos a saber de desigualdades, especialmente en nuestro país? Donde hay discriminación, donde hay xenofobia, donde hay homofobia, donde hay tantas discriminaciones que tenemos contra las minorías, contra los indígenas, contra las mujeres y tantas situaciones, con los pobres”.
Fue en ese punto donde pronunció una de las frases más personales durante la transmisión: “¿Y quién de nosotros no esperamos que nos vaya mejor? En mi caso yo espero que las cosas estén mejor en Guerrero para poder regresar pronto a mi vida ordinaria”.
No dio fechas ni plazos. Habló de esperanza como resistencia. De oración sencilla “sin adornos”. De pedir a Dios no tanto que cambie lo exterior, sino “lo que está aquí”, dijo, señalando su pecho. “Porque puedes estar en un lugar hermoso, pero si esto no está transformado, no tiene sentido”.
Velázquez también recordó parte del trabajo que quedó en Guerrero. Entre noviembre y diciembre, dijo, se realizaron jornadas de toma de muestras de ADN en Chilpancingo, con apoyo de la Fiscalía del Estado, la Comisión de Búsqueda de Personas de Guerrero y el Centro Minerva Bello. “Gracias a esa actividad se lograron recuperar varios cuerpos de personas desaparecidas que ya estaban identificadas”, explicó.
Al final, habló de los donativos que ha recibido desde que se hizo público su desplazamiento. Aclaró que no son solo para su sostenimiento. “Si supieran cómo los estamos aplicando, estarían muy contentos”, dijo. Explicó que se están destinando a la creación de una casa del peregrino, similar a la que tenía en Guerrero, pensada para personas desplazadas. “Cuando la tuve, podía dar refugio. Lamentablemente ahora yo mismo estoy buscando refugio”, reconoció.
El padre Fili agradeció la solidaridad, pidió por las víctimas, por las personas desaparecidas, por quienes no tienen un lugar donde quedarse. Antes de despedirse, volvió a explicar por qué no puede celebrar en público: “Sería muy obvio dónde estoy. Eso pondría en riesgo mi seguridad”.
Hoy, en Guerrero, incluso la fe necesita resguardo.





