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  • La aportación militar, política, y cultural de las mujeres y hombres que protagonizaron la lucha independentista desde el sur geográfico de lo que hoy es México contiene un valor inmaterial del que somos recipiendarios para continuar construyendo la patria, la nación humana y generosa que merecen las futuras generaciones…

GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /

II

A mi me place escuchar Oda a mi generación del cantautor cubano Silvio Rodríguez, aunque de manera específica me hinche el pecho y la voz cantar esa frase que dice «Yo no reniego de lo que me toca, yo no me arrepiento pues no tengo culpa; pero hubiera querido poderme jugar, toda la muerte allá en el pasado, o toda la vida en el porvenir que no puedo alcanzar. Y con esto no quiero decir que me pongo a llorar»; lo leo tan verdadero como auténtico, tan romántico como real que, cuando lo canto con convicción, lamento no haber vivido tantos momentos de la humanidad dignos de presenciarse, y termino con la piel erizada de sólo imaginarlos. Quizá por eso, con esa convicción silviezca así como con esa intensidad y altura vallejiana, trato de vivir cada instante que la vida me pone enfrente, y cuando viajo a esos sitios que la historia eligió como los lugares precisos de un desenlace, evoco lo que ahí pasó; pero de manera más precisa aún, intento imaginar qué pensaron, qué sintieron, esas mujeres, aquellos hombres que, con sus actitudes, con sus pensamientos, a través de su acción y quizá sin darse cuenta, transformaron su entorno, su patria y de una u otra forma el mundo también.

Cuando me encuentro ya sea sobre la calle Vicente Guerrero o la Ignacio Zaragoza entre los barrios del Hueso y los Naranjitos del centro de Acapulco, desde donde observo el cerro de la Iguana, punto desde donde se inició el asedio del baluarte que fue y es el Fuerte San Diego; o cuando camino sobre su patio pentagonal o sobre el adarve o incluso en el foso; o cuando visito la iglesia de Santa María de la Asunción, recreo con emoción los pasos y las instrucciones del generalísimo Morelos así como las voces de sus lugartenientes con quienes inició la primera de sus cinco campañas militares en la Revolución de Independencia en estos lares, imagino al mariscal Hermenegildo Galeana, Julián de Ávila, Marcos Martínez, Ignacio Ayala, Rafael Valdovinos, Miguel Ávlia, Bautista Cortés, Juan José, José Antonio y Pablo Galeana, don Leonardo, Miguel, Víctor y Nicolás Bravo, José Antonio Talavera, Mariano y Manuel Bello, Isidoro Montes de Oca, Mogoy, Mayo, Luis Pinzón, Ramos, Nicolás Catalán y Francisco Hernández, por supuesto imagino el andar ingrávido y ansioso de Juan Álvarez conocido en ese entonces como «el gallego» y después como «la pantera del sur»; y también ocupa un lugar especial en mi pensamiento, en mi imaginación y en mis evocaciones Vicente, Vicente Ramón, cuando transito la carretera federal y paso por Texca o entre la Cañada del Zopilote o cuando visito Almolonga –que es la tierra de mi abuela, doña Docha- y trato de sobreponer al paisaje de esos sitios, las tropas guerrilleras de de mi general Guerrero –como un holograma–, luchando, ofreciendo sus vidas por la causa de la libertad, la igualdad y la independencia.

La aportación militar, política, y cultural de las mujeres y hombres que protagonizaron la lucha independentista desde el sur geográfico de lo que hoy es México contiene un valor inmaterial del que somos recipiendarios para continuar construyendo la patria, la nación humana y generosa que merecen las futuras generaciones. Nada es casual, nada es fortuito; más bien, todo es causal y en ello las circunstancias políticas, sociales y económicas han encontrado eco en la actitud, el talante, pero también la consciencia y compromiso de mujeres y hombres que, decididamente, guiados por la fuerza de la razón, el entendimiento y un espíritu justiciero, se han lanzado una y otra vez, a la aventura de intentar cambiar y transformar el mundo, empezando por la patria chica, pero también por la idea de nación que poco a poco se ha fraguado en el imaginario colectivo de México, el ombligo del mundo.

La muerte del padre Hidalgo, precedida por errores tácticos en la definición de la dirección estratégica para lograr la victoria definitiva de la Revolución de Independencia, complicó el escenario político-militar en torno a la organización del movimiento.

Visto desde la distancia que otorga el tiempo creo —al igual que muchas y muchos de nosotros– que después del decisivo combate en el Cerro de las Cruces, el movimiento debió dirigirse a la Ciudad de México en lugar de tomar rumbo a Guadalajara; pues, aun cuando era previsible el descontrol y desorden que generaría la entrada de la frágil y precaria estructura militar integrada por las huestes revolucionarias de Hidalgo a la capital, constituidas mayormente por negros, indios y criollos sometidos, excluidos y desprotegidos por más de trescientos años de dominio español, se habría consolidado —en muy corto tiempo– la independencia de México, el reconocimiento de la metrópoli y fundamentalmente, ahorrado miles de vidas.

La toma rápida de la ciudad, aunque costosa en vidas y recomposición del orden, habría matizado la pugna entre facciones que —por la naturaleza de sus orígenes y por el paso del tiempo– al irse incorporando al movimiento, pusieron en evidencia las contradicciones internas que se profundizaron; seguramente se habría definido —de una vez y por todas– el perfil de la nueva República genuinamente ya prefigurado desde los primeros instantes de la Revolución, que sentó sus bases en las distintas proclamas que realizó el padre Hidalgo durante la campaña militar que partió de Dolores y recorrió San Miguel, Celaya, Guanajuato, Valladolid y Guadalajara, en las que se enfatizó de manera precisa arrebatar el control político a los peninsulares, abolir la esclavitud y el pago de los tributos impuestos a indios y las innumerables castas establecidas por el imperio español.

La realidad fue distinta y reconstruir el complejo entramado político no fue una tarea sencilla ni de una sola persona; más bien fue el resultado de la suma de voluntades, a través de la concertación, que fue posible por liderazgo que el generalísimo Morelos construyó gracias —entre otras cosas– a la integridad manifiesta en la consecución de sus principios aunque también a los éxitos militares logrados con astucia, constancia y disciplina en su primera, segunda y tercera campaña en las tierras del sur mexicano.

Entre 1811 y 1813, desde la Suprema Junta Nacional Americana hasta la instalación del Primer Congreso de Anáhuac, el generalísimo logró resarcir medianamente el daño causado por el ejército realista al movimiento —errático y con serias discrepancias al interior de sus miembros, respecto del mando y por consecuencia del rumbo de la Revolución–; y también, ampliar el dominio territorial para ejercer el poder y el control político necesarios para enfrentar de manera decisiva la hegemonía imperial española y persistir en la instauración un nuevo régimen político que, a esas alturas, se definía ya no sólo por los propósitos planteados inicialmente por Hidalgo, sino enfáticamente por el fin de la dominación colonial y el surgimiento de una nueva República.

En el cenit de su carrera política y militar, José María, el generalísimo Morelos, el Siervo de la Nación, el mexicano que encarna el mejor ejemplo de humildad a través del servicio a los demás, nos legó tres documentos que definen su pensamiento político sobre el diseño institucional que, desde su perspectiva, debía tomar forma para constituir a México como Estado nacional. Tanto el Reglamento del Congreso, que sirvió para dar fin al funcionamiento de la Suprema Junta Nacional y sentar las bases de la preparación, instalación, funcionamiento y atribuciones del Congreso de Anáhuac como poder legislativo así como el diseño constitucional de los poderes ejecutivo y judiciario; como el discurso inaugural del Congreso —que se instaló el 14 de septiembre en el “venturoso pueblo de Chilpancingo”– en el que abrevando del pensamiento liberal francés afirmó que “la soberanía reside esencialmente en los pueblos” y clamó “que el Anáhuac fuese libre” aun así fuese preciso “¡Morir o salvar a la Patria!”; así como los 23 puntos leídos por el secretario Juan N. Rosains que constituyen los Sentimientos de la Nación y versan sobre asuntos públicos como la independencia, soberanía, división de poderes, gobierno liberal, religión e iglesia, esencia de las leyes, derechos de la humanidad, soberanía, hacienda pública y las celebraciones de la nueva nación; son en suma, la recuperación del sentir de la sociedad constituida sobre una base injusta de clasificación de castas, la condensación de los sentimientos propiciados por los momentos difíciles de su formación y crecimiento personales en esa sociedad novohispana de finales del XVIII y principios del XIX, pero también el influjo de la coyuntura política mundial —pues las revoluciones francesa y norteamericana eran los paradigmas políticos de la época– decantado en las ideas que le fueron transmitidas por sus preceptores, y que no son sino la muestra del principal interés que lo movió a luchar persistentemente y que consistía —en sus palabras— en formar la dicha de los pueblos salvando a la Patria de la injusta dominación colonial; esos fueron los sentimientos de los que nació nuestra República, la simiente filosófico-política de la que fecundaron las incipientes instituciones de la nueva patria, que tendría aún que navegar por mares ignotos.

*El presente texto es la primera parte del discurso que el autor presentó el sábado 18 de octubre de 2025 en su ingreso a la Academia Nacional de Historia y Geografía, filial Guerrero. La Plaza Diario lo publica en secciones

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