Vicente Guerrero y Juan Álvarez
- Vicente Ramón fue un hombre incomprendido por sus coetáneos porque las ideas que daban sustento a su actuar pertenecían a otra época, a un tiempo moderno del que nuestra naciente República, que se erigía como resultado del Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba
- La estrategia de Álvarez combinaba la guerra de guerrillas, el conocimiento del terreno montañoso del sur, y su capacidad para mantener la cohesión de fuerzas heterogéneas mediante una mezcla de carisma personal, distribución de recursos y compromiso ideológico
GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /
III
Vicente Guerrero es de los liderazgos del movimiento revolucionario de independencia de nuestra patria que durante mucho tiempo fue tratado injustamente por la historia oficial; pesar de existir suficiente documentación sobre su origen, proceder y carácter, así como su valiosísima aportación política y militar en la consolidación del movimiento independentista, en un momento tan confuso como el que enfrentó junto con otras y otros patriotas republicanos.
Vicente Ramón -siendo ya presidente de la República- fue conocido como El Negro por sus adversarios, no por el color de su piel sino por su terca obstinación de hacer efectiva en septiembre de 1829 la abolición de la esclavitud promulgada en septiembre de 1813 por el generalísimo Morelos en Los Sentimientos de la Nación. Aunque nació el 7 de abril de 1782, al ser bautizado el 9 de agosto del siguiente año (1783), fue la segunda y no la primera la que quedó registrada como su fecha de nacimiento. Vivió su infancia en el número 59 de la calle Arrabal, en Tixtla; donde aprendió el oficio de la armería de sus tíos Manuel y Diego así como de Juan Pedro, su padre, y conoció los detalles, las minucias, las claves para la adecuada fundición de cañones, elaboración de municiones y construcción de armas de menor calado.
Esos saberes, así como los que adquirió de la arriería, a la que también se dedicaba su familia, al paso del tiempo se convertirían en conocimientos estratégicos de nuestro guerrillero heroico, para hacer frente con éxito al periodo más complicado de la guerra revolucionaria de independencia, cuando a la muerte del generalísimo Morelos y tras el fallido intento de Fray Servando Teresa de Mier y del valeroso Xavier Mina de revivir la chispa del movimiento, tuvo que asumir la conducción de las guerrillas y restablecer la red de apoyos de caseríos, comunidades y localidades de las tierras del sur para finalmente, ante las imbricadas, contradictorias y pragmáticas condiciones sociales, económicas y políticas de la todavía Nueva España -que a esas alturas no era ni Nueva ni tan España-, pactar con un segmento de las filas realistas proclives a la independencia, las representadas liderazgos como el de Agustín de Iturbide.
Vicente Ramón fue un hombre incomprendido por sus coetáneos porque las ideas que daban sustento a su actuar pertenecían a otra época, a un tiempo moderno del que nuestra naciente República, que se erigía como resultado del Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba y que era preciso edificarse con una nueva estructura social, económica y política para romper con 300 años de dominio colonial, no estaba aún preparada; y que quizá con la restauración de la república tras el Segundo Imperio hasta 1867, inició a dar luces de vida como un verdadero Estado Nacional gracias al ideario de personas de su talla –por supuesto también progresistas y republicanas-, como Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano, Francisco Zarco, Benito Juárez, por citar sólo algunos nombres.
Vicente, Ramón, El Negro, nuestro Guerrero, uno de los tres padres de la Patria, el orgullo de nuestra patria chica, hoy es más que nombres, sobrenombre, apellido o referencia del muro de honor de héroes nacionales; es más que los lugares comunes del discurso político, más que la hagiografía ramplona. Es vigencia de su ideario político en la transformación y transustanciación de nuestra República, en el trabajo cotidiano para constituir una sociedad más justa, menos desigual.
Guerrero fue un hombre de vanguardia porque sus firmes convicciones liberal, republicana y federalista, transmitidas a sus afectos y materializadas por sus discípulos, constituyeron sin lugar a dudas la simiente del Estado Nacional que somos.
Figuró en la vida política nacional caracterizándose por su mesura, prudencia y visión conciliatoria en los momentos cruciales para la consumación de la independencia; por el pragmatismo manifiesto en su interés superior por la Patria ante cualquier interés personal o de grupo, en los primeros años de vida independiente; así como su sencillez, humildad y modestia en el ejercicio del poder, en su efímero pero sustancioso paso por la presidencia de la República. De esa talla y nivel fue la congruencia de su liderazgo político y militar, en un momento en que las relaciones internas de la naciente sociedad mexicana era compleja, imbricada y –en ciertos momentos- contradictoria.
El faccionalismo en el escenario político de los primeros años de la vida independiente en nuestro país tuvo su origen, invariablemente, en la heterogeneidad en que se conformó la clase política que condujo el proceso de cambio político que representó la transición del régimen colonial bajo el dominio español al breve periodo monárquico del imperio de Iturbide y al posterior régimen republicano que se constituyó tras la instrumentación del Plan de Iguala, pero fundamentalmente de los Tratados de Córdoba.
En la coyuntura política que se configuró ante la revolución de independencia, los peninsulares asumieron posturas disímbolas, teniendo como clave de sus análisis tanto el escenario político mundial como el escenario sobre las relaciones entre la Metrópoli y las colonias ultramarinas; y muy específicamente, sus criterios y opiniones sobre el punto muerto y la correlación de fuerzas en la lucha entre el ejército realista y las fuerzas insurgentes.
Un importante segmento constituido particularmente por personas pertenecientes a la alta jerarquía de la iglesia así como del ejército, se inclinaban por la emancipación, temerosos de que sus fueros y privilegios de clase fueran abolidos por las nuevas Cortes españolas que habían adoptado una posición radical como resultado de la restauración de la Constitución de 1812; otro grupo más amplio, menos cercano al círculo concéntrico de toma de decisiones de la aún Nueva España, consideraban que la emancipación era pertinente, pero bajo un orden constitucional que fuera acorde al reino; y finalmente, un grupo de peninsulares liberales se inclinaban por el establecimiento de una República.
Por su parte criollos, indios, negros y, en conjunto, el pueblo encasillado en alguno de los estratos que la corona española definió en el oprobioso sistema de castas, por el que se constituía -a su parecer- la sociedad novohispana, se sentían identificados con el movimiento revolucionario cuyo liderazgo militar y político asumió Vicente Ramón Guerrero –el benemérito de la Patria- junto con personajes como Pedro Ascencio Alquisiras o Juan del Carmen, tras la muerte del generalísimo Morelos, en 1815; y tras los esfuerzos en 1817 de Servando Teresa de Mier y Xavier Mina.

Esa identificación y afinidad del pueblo con Vicente tuvo su origen en la búsqueda de libertad, igualdad, justicia e independencia; aspiraciones del pueblo, que daban justificación, pertinencia y legitimidad de ser, a la revolución de independencia en las tierras del sur. Esas causas, eran la continuación del ideario que el general abrevó de Hidalgo a través de Morelos, quien tuvo oportunidad de transmitir –como a otros tanto patriotas- directamente a Guerrero, que retomó y difundió como lo hicieran los otros dos padres de la Patria, a sus adeptos, a través del ejemplo.
La Historia nos ofrece apremiantes lecciones, para no vivir condenados a repetir lamentables episodios; en un momento complejo como el nuestro, en el que somos partícipes –directos o indirectos- de la instauración de un nuevo modelo de distribución de poder y un nuevo paradigma en el ejercicio de la autoridad, regresar al análisis y la reflexión acerca de cómo se configuraron los procesos políticos que cambiaron las relaciones de poder en nuestra patria, podría ofrecernos luces sobre el quehacer de la política y su innegable pertinencia como única herramienta para construir una sociedad mejor. También nos ofrece la oportunidad de conocer, a través de sus biografías, los medios, propósitos y fines de mujeres y hombres que -desde su cotidiano pero virtuoso actuar- han incidido en transformar y transustanciar el estado de cosas de sus sociedades, de sus épocas e incluso trascender al tiempo y convertirse en piedras angulares del cambio permanente en búsqueda del mejor perfectible posible; el caso de Vicente Ramón Guerrero es uno de ellos.
IV
La figura de Juan Álvarez y los efectos de su participación política en el México decimonónico, desde la guerra revolucionaria de independencia hasta la revolución de Ayutla, es singular y paradójica. De origen afromestizo, cacique regional con profundo arraigo en las comunidades indígenas y campesinas; también fue líder del liberalismo que encabezó una revolución que transformaría definitivamente la estructura del Estado mexicano. Su papel en la gestación, promulgación y triunfo del Plan de Ayutla en 1854 constituyó un momento fundacional en la historia de México, definiendo el inicio de la Reforma Liberal y la conclusión definitiva del proyecto conservador Santanista que dominó la política nacional durante décadas.
Para comprender la trascendencia de la intervención de Álvarez, es necesario situar el contexto político y social del México de 1854. El país atravesaba una de sus crisis más profundas desde la independencia; Antonio López de Santa Anna había regresado al poder por undécima y última ocasión en 1853, instaurando una dictadura centralista que concentraba todos los poderes, adoptaba títulos pomposos (“Su Alteza Serenísima”), dilapidaba el erario público y traicionaba los principios republicanos y federalistas por los que muchos mexicanos habían luchado.
Sin lugar a dudas la dictadura de Santa Anna representó la cristalización del proyecto conservador: centralismo político, corporativismo colonial, privilegios eclesiásticos y militares intactos, así como una concepción patrimonialista del poder. Frente a esta realidad, diversos sectores liberales, federalistas y republicanos comenzaron a articular una respuesta que no se limitara a otro simple pronunciamiento caudillista, sino que estableciera las bases jurídicas y programáticas para una transformación profunda del Estado.
Juan Álvarez no fue el liberal ilustrado típico de la época; si bien su padre le había dejado una sustanciosa herencia material, no provenía de la clase letrada urbana. Su liderazgo se forjó en las luchas insurgentes del sur durante la guerra de independencia, combatiendo junto a José María Morelos y Vicente Guerrero. Su poder político no derivaba de diplomas o credenciales académicas, sino de su capacidad para articular los intereses de comunidades campesinas, indígenas y afromestizas del estado que llevaría el nombre de Guerrero.
Esta característica resulta fundamental para entender el tipo de liberalismo arraigado en las realidades sociales concretas del México profundo que representaba el general Álvarez, de muy diferente origen de quienes pertenecían a las élites capitalinas y que debatían desde el ejercicio de abstracción por el que entendían e interpretaban la realidad social, económica y política del momento. Su hacienda de La Providencia, de la que quedan aún vestigios y que es preciso rescatar como patrimonio de las y los guerrerenses, era más que una propiedad: constituía el centro de una red clientelar y de lealtades personales que le permitían movilizar a miles de hombres cuando la situación lo requería.
El Plan de Ayutla no fue obra de una sola mente ni surgió espontáneamente. Fue el resultado de una cuidadosa conspiración liberal en la que convergieron diversos actores. Ignacio Comonfort, Florencio Villarreal, Diego Álvarez, Trinidad Gómez, Tomás Moreno, Rafael Benavides y otros liberales trabajaron en la redacción del documento, pero fue Juan Álvarez quien proporcionó el elemento crucial: la capacidad real de insurgencia, los recursos militares y el prestigio político necesarios para que el pronunciamiento no quedara en letra muerta, como tantos otros.
El Plan fue proclamado el 1 de marzo de 1854 en Ayutla, Guerrero. Su contenido era aparentemente modesto: desconocía al gobierno de Santa Anna, llamaba a convocar un Congreso Constituyente que reorganizara el país bajo el sistema republicano representativo, y nombraba a Juan Álvarez como encargado de sostener el pronunciamiento hasta el triunfo de la revolución.
El Plan de Ayutla contenía elementos radicalmente transformadores; pues al convocar a un Congreso Constituyente, el Plan reconocía que la legitimidad política no podía derivar del poder de facto o de la voluntad de un caudillo, sino de un pacto social nuevo, expresado en una constitución elaborada por representantes del pueblo. Esto implicaba una ruptura con las prácticas políticas heredadas del Santanismo. El Plan también establecía que ningún poder, por popular que fuera, podía gobernar sin un marco jurídico legítimo; esto contrastaba con el personalismo y arbitrariedad que caracterizaban al gobierno de Santa Anna. El propio Álvarez, pese a ser el líder militar de la revolución, se comprometía a convocar al Constituyente y a ceder el poder una vez cumplida su misión.
Aunque el Plan no especificaba detalladamente la forma de gobierno futura, su convocatoria a un Congreso Constituyente con representación de los estados revelaba un compromiso con el sistema federal que Santa Anna había desmantelado. Irónicamente, siendo un documento promovido por militares, el Plan de Ayutla establecía las bases para subordinar el poder militar al poder civil constitucional, principio que sería desarrollado posteriormente en la Constitución de 1857.
La contribución de Álvarez no se limitó al acto simbólico de la proclamación. Durante casi dos años, dirigió una campaña militar compleja, enfrentando los recursos del gobierno central con tropas mayoritariamente irregulares compuestas por campesinos y comuneros del sur. La estrategia de Álvarez combinaba la guerra de guerrillas, el conocimiento del terreno montañoso del sur, y su capacidad para mantener la cohesión de fuerzas heterogéneas mediante una mezcla de carisma personal, distribución de recursos y compromiso ideológico.
El triunfo del Plan de Ayutla en agosto de 1855, cuando Santa Anna abandonó definitivamente el poder y marchó al exilio, no fue únicamente una victoria militar. Representó el agotamiento definitivo del modelo político conservador-centralista que había predominado intermitentemente desde la caída de Iturbide. La llegada de Álvarez a la Ciudad de México en noviembre de 1855 simbolizó la irrupción del México profundo, rural e indígena en el corazón del poder político nacional.

Juan Álvarez asumió la presidencia interina el 4 de octubre de 1855, cumpliendo así el mandato del Plan de Ayutla. Su gobierno, aunque breve (apenas tres meses), resulta crucial para entender su contribución a la construcción del Estado mexicano moderno. Lejos de aferrarse al poder, como era costumbre entre los caudillos militares de la época, Álvarez utilizó su presidencia para establecer las bases jurídicas e institucionales que harían irreversible la transformación liberal.
El primer golpe contra el antiguo régimen corporativo consistió en la denominada Ley Juárez elaborada por don Benito, entonces Ministro de Justicia en el gabinete de Álvarez, esta ley suprimía los tribunales especiales eclesiásticos y militares en asuntos civiles. Esto significaba que clérigos y militares quedarían sujetos a la jurisdicción ordinaria en materias no estrictamente relacionadas con sus funciones específicas. El ataque a los fueros corporativos heredados de la colonia constituía un paso fundamental hacia la igualdad ante la ley y la construcción de un Estado de derecho moderno. La promulgación de esta ley bajo el gobierno de Álvarez resulta doblemente significativa. Por un lado, demostraba que el viejo caudillo sureño estaba dispuesto a sacrificar privilegios de la corporación militar de la que él mismo formaba parte. Por otro, evidenciaba su capacidad para aglutinar un gabinete de liberales ilustrados (Juárez, Comonfort, Ocampo, Prieto) y darles espacio para implementar reformas estructurales.
Álvarez demostró una notable capacidad política al conformar un gabinete que reunía a las figuras más destacadas del liberalismo mexicano. Benito Juárez en Justicia, Melchor Ocampo en Relaciones, Guillermo Prieto en Hacienda, Ignacio Comonfort en Guerra. Este equipo no solo diseñaría las Leyes de Reforma, sino que constituiría el núcleo dirigente del liberalismo mexicano durante las siguientes décadas.
V
Muy distinguida concurrencia:
Nuestros contemporáneos no pueden ni deberían sentenciar al olvido el valor y poder del significado milenario de estas tierras del sur. En tiempos como este que nos tocó vivir, donde todo es efímero, fugaz, insustancial por la prisa de llegar a ninguna parte; en estos momentos de deseo irrefrenable por poseer para ser, de tener para valer, de ser y valer a costa de lo que sea aún a riesgo de la propia vida; en estos tiempos, los de nosotros todos, es preciso observar la historia, sus procesos así como los sacrificios, el dolor, la entrega de mujeres y hombres para hacer realidad una forma diferente de vivir. Porque tal como lo afirma ese multicitado proverbio, si no sabes hacia dónde vas, voltea, para saber de donde vienes.
Conocer nuestra historia es un acto de responsabilidad. La contribución militar, política e ideológica de Morelos, Guerrero y Álvarez son sólo botones de muestra de las proezas de estos seres que fue posible por las mujeres y hombres que acompañaron sus causas, esos héroes anónimos cubiertos bajo el manto de sendos próceres a los que la fortuna y la virtud les fue concedida.
Por eso me honra, complace y llena de gratitud ingresar a este cuerpo colegiado, a esta sociedad científica, a este simposio intelectual; porque creo en el esfuerzo que puede hacerse desde este punto geográfico del conocimiento, para recuperar la memoria histórica del generoso pueblo de Guerrero, para ayudar sustantivamente a nuestra sociedad a reorientar el rumbo, la dirección, el destino, hacia un modelo de vida distinto, con paz, armonía y bienestar.
Por necesidad y también por responsabilidad estamos obligados a decirlo y escribirlo todo, de la mejor manera, de la forma más clara posible, aunque pocos sean quienes nos escuchen o lean; no por soberbia intelectual, ni por el deseo de pasar a la posteridad, sino por el afán de contribuir sin esperar nada a cambio con nuestras opiniones, saberes y conocimientos en la edificación de un mejor lugar para vivir.
Porque como lo afirmó José Julián Martí Pérez:
«Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.
Es necesario mantener a los hombres en el conocimiento de la tierra y en el de la perdurabilidad y trascendencia de la vida.
Los hombres han de vivir en el goce pacífico, natural e inevitable de la Libertad, como viven en el goce del aire y de la luz.
Está condenado a morir un pueblo en que no se desenvuelven por igual la afición a la riqueza y el conocimiento de la dulcedumbre, necesidad y placeres de la vida.
Ser bueno es el único modo de ser dichoso.
Ser culto es el único modo de ser libre.
Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.»
Muchas gracias.
* El presente texto es la tercera y última parte del discurso que el autor presentó el sábado 18 de octubre de 2025 en su ingreso a la Academia Nacional de Historia y Geografía, filial Guerrero. La Plaza Diario lo publicó en secciones











































