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  • “La candencia de una lectura la define cómo, desde cualquier perspectiva, ávida de imaginación, un asunto de la cotidianidad se convierte en motivo de expectativa mediante la polemización o problematización en torno a ella. El peligro de estar cuerda es una de esas lecturas intensas y candentes”

GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /

Acapulco, 9 de diciembre de 2025. ¿Locura? ¿Cordura? ¿Ecuanimidad? ¿Impertinencia? ¿Intensidad? ¿Moderación? ¿Contumacia? ¿Cómo definirte? ¿Qué conjunto, qué combinación de definiciones te caracterizan? ¿Por dónde empezar cuando las palabras se aglomeran disputando el espacio que de la manera más prístina, diáfana, transparentemente posible describa el proceder en nuestras vidas? Soy un amasijo de pensamientos, emociones, sentimientos y sensaciones. Soy ¿Quién soy? Existo, no lo puedo negar, pero ¿Quién soy? O mejor aún ¿Quién he creído que soy? ¿Realmente he sido quien he creído ser

Iniciar el camino de autoconocimiento, comenzar a descubrir las verdades ocultas –que convenientemente preferiste guardar– de cada acto que ha constituido tu vida, es empezar a darle contenido a lo que estuvo vacío desde que tienes uso de razón, o mejor dicho, memoria. Y esto puede ocurrir, únicamente, cuando sin imaginarlo siquiera, un cúmulo de dudas existenciales se dejan venir como una avalancha de nieve desprendida desde lo más alto de una montaña o como el caudal del agua que, contenida, se libera con fuerza, presión y energía empapando e invadiendo tu mente y pensamientos con preguntas muy parecidas a las planteadas al inicio de estas disquisiciones. A esa invasión de dudas existenciales y al intento de darles respuesta, debe agregarse cierta dosis de valor para atreverse a escudriñar, deshilvanar, desanudar y desnudar palmo a palmo todo lo que representa aquello que creíste ser, para empezar a dar el salto cuántico que poco a poco, lentamente, sin sentirlo ni pensarlo siquiera, te ubicará en un nuevo lugar donde con algún atisbo de conciencia –si te lo propones– podrías observar, sin filtros, quién creíste ser, quién eres y quién podrías ser si lo deseas.

Hace más de un año que cerré el libro El peligro de estar cuerda, después de 358 páginas de una muy entretenidísima, pausada, cadenciosa, intensa y candente lectura. Con intrepidez, Rosa Montero me envolvió y sumergió en los interesantes asuntos que, desde hace ya un buen tiempo, me atañen y son motivo de mis meditaciones y reflexiones personales. La cordura y la locura, lo racional y lo emocional, la sensatez y el desvarío, la culpa y el perdón, la creatividad en sosiego y el desasosiego, son abordados de una manera apabullante, única, acuciosa hasta la exquisitez, interesante hasta el asombro; porque través de referencias y recomendaciones literarias de diversos géneros, pero también mediante el relato de historias personales e íntimas, así como la descripción y narración de episodios y momentos de las vidas de escritores y escritoras consagradas en la literatura y el mundo intelectual, Rosa logró conducirme hasta los lugares comunes y puntos exactos en que confluyen los entresijos de la cotidianidad humana, que no es más que la lucha interna de nuestra mente contra nosotros mismos para luego enfrentar la otra lucha, la externa, la de nosotros –y nuestras contradicciones– contra el mundo y el inconmensurable universo.

Hay lecturas que por su intensidad y candencia es preciso dejar enfriar, para que el tiempo se encargue de ubicarlas pertinente y adecuadamente en el lugar que ocuparán en cada historia personal; por lo menos así lo creo yo, o así lo he intentado hacer con muy gratos resultados. Lo intenso de una lectura se define, a mi parecer, por el detalle, la acuciosidad, la meticulosidad para explicar con sencillez lo complejo y hacer de lo sencillo una filigrana que pueda degustarse en la mente. La candencia de una lectura la define cómo, desde cualquier perspectiva, ávida de imaginación, un asunto de la cotidianidad se convierte en motivo de expectativa mediante la polemización o problematización en torno a ella. El peligro de estar cuerda es una de esas lecturas intensas y candentes, porque desde el principio logra engancharte –engatusarte, diría una amiga–, pero además permite identificarte con todo lo que ahí se dice y comenta, que evitaré revelar para animarles a acudir a la más cercana librería que tengan al alcance y adquieran esta imperdible entrega que nos obsequia la virtud e inteligencia de la madrileña Rosa Montero, nada peleada ni desavenida con esas aparentes fragilidades, en realidad fortalezas, que representan sentir, emocionarse y pensar hasta la locura evitando a toda costa el peligro de estar cuerda, o sea el peligro de vivir en la aburrida normalidad.

Y es que este libro editado por Seix Barral en su colección Biblioteca breve, está constituido por lo que el legendario Ernest Hemingway definiría como pulpa pura, savia bruta y elaborada que entre las manos, página a página, transmuta en ideas, pensamientos, emociones, sentimientos y sensaciones complejas, difícilmente descriptibles, de tanta ricura y riqueza –que no es lo mismo pero es igual–.

Cuánto egoísmo habría contenido en mi ser si, después de haber saboreado cada una de sus páginas, no me atreviese siquiera a compartir las emociones que invistieron mi mente y cuerpo, los pensamientos, las reflexiones, las sensaciones que esta agradable, amena, jugosa, elocuente –paradójicamente abordando el tema de la locura– y aleccionadora lectura despertó. Qué capacidad la mía, de resistirme a intentar siquiera un esbozo de reseña, no ya de la obra en su completitud sino del esfuerzo intelectual y creativo de Rosa Montero; quien, después de la lectura de La hija del Caníbal, La ridícula idea de no volverte a ver y de El peligro de estar cuerda, se ha convertido ya, en una más de mis escritoras de cabecera, consulta y referencia. Y más aún ¿no? que desatino sería, que siendo este texto un llamado, una invitación a coger la pluma, a arrastrarla sin miedo, para supurar y superar las emociones contenidas, más allá de la soberbia y egocéntrica idea de demostrar talento o virtud –si es que existiese– no me hubiese dado la oportunidad de invitarles, convidarles mis reflexiones en torno a este mágico texto; aunque yo, no soy Rosa Montero.

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