I La vida que creemos tener
RABO DE NUBE
Para nuestro guerrero, impostergablemente
GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /
Acapulco, 31 de julio de 2026. Hay personas que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en un espejo. No porque nos enseñen mediante discursos o grandes lecciones, sino porque su sola existencia nos obliga a formular preguntas que llevábamos años evitando. Su presencia desarma nuestras certezas, desnuda nuestras prisas y nos enfrenta a una verdad tan antigua como incómoda: vivimos convencidos de que el tiempo nos pertenece.
Ha vivido una falsa ilusión quien cree que la felicidad se encuentra en la juventud permanente, el prestigio y reconocimiento, el poder, el dominio, la riqueza material o económica; porque lo verdaderamente importante, estriba en cosas tan pequeñas y aparentemente insignificantes pero investidas de un fuerte simbolismo, como el calor de un abrazo, la alegría de una sonrisa, la sinceridad de un par de palabras, la humildad en la aceptación de una falta o momentos fugaces como la contemplación de un amanecer o caminar bajo la lluvia dejando que nuestros cuerpos se mojen por completo.
Vivimos administrando el tiempo como si fuéramos sus propietarios, cuando apenas somos sus pasajeros. Durante años aprendimos a medir la vida por la productividad; celebramos la velocidad, la eficacia, la capacidad de hacer muchas cosas al mismo tiempo, convertimos el descanso en culpa y la contemplación en pérdida de tiempo. Nos acostumbramos a vivir con el reloj en la mano y el corazón siempre pospuesto.
Sin embargo, basta que la fragilidad se asome a nuestra puerta para descubrir que el calendario nunca nos perteneció.La enfermedad de un ser querido tiene esa capacidad de romper el hechizo. No porque nos hable de la muerte, sino porque nos obliga a mirar la vida con una intensidad que habíamos olvidado. De pronto, aquello que parecía insignificante adquiere una importancia inmensa: una conversación, una sonrisa, una comida compartida, una caminata lenta, el simple hecho de escuchar una respiración tranquila durante la noche.
Quizá entonces comprendemos que nunca fueron extraordinarios los grandes acontecimientos, sino los pequeños instantes que dejamos escapar creyéndolos infinitos.
Baruch Spinoza escribió una idea que, siglos después, continúa desafiando nuestra manera de entender la existencia: somos parte de la naturaleza, no sus dueños. Existe un orden universal que rebasa nuestra comprensión y frente al cual nuestras certezas resultan diminutas. No todo responde a nuestros deseos, ni a nuestros planes, ni siquiera a nuestra idea de justicia. Hay un orden más amplio, una armonía que no siempre alcanzamos a comprender porque nuestra mirada apenas cubre un fragmento del universo.
Quizá por eso sufrimos tanto. No por los acontecimientos en sí mismos, sino porque insistimos en que la realidad debería obedecer nuestros anhelos. Aceptar que no controlamos el curso de las cosas no significa renunciar a la esperanza. Significa comprender que la esperanza auténtica no consiste en exigirle a la vida que cambie, sino en encontrar sentido incluso cuando la vida decide tomar caminos distintos a los nuestros.
Confieso que esta reflexión no nació en los libros. Los libros únicamente pusieron nombre a una intuición que ya habitaba mi corazón. Nació observando a alguien cuya batalla cotidiana ocurre en silencio; alguien que continúa aferrándose a la vida con una dignidad que avergüenza nuestras pequeñas quejas diarias; alguien que, sin proponérselo, nos recuerda que respirar también puede ser un acto de valentía.
No mencionaré todavía su nombre, porque en realidad esta historia no trata solamente de él. Trata de todos nosotros. Trata de quienes caminamos creyendo que siempre habrá tiempo para vivir, cuando quizá el mayor error consiste precisamente en aplazar la vida. Porque la existencia no se escapa únicamente cuando el cuerpo enferma; también se nos escapa cada vez que dejamos para después un abrazo, cada vez que aplazamos una conversación, cada vez que elegimos distraernos en la superficialidad de las redes sociales y banalidad de las cosas, cada vez que confundimos éxito con plenitud.
Probablemente vivir no consista en acumular años, sino en aprender a habitar plenamente el instante que nos fue concedido; y acaso esa sea la primera lección que algunas personas llegan a enseñarnos sin pronunciar una sola palabra.




