agosto 24, 2026

Regreso y despedida: Presidencia, partido y gobernadores

En estado crítico
MARIELA DÍAZ SANDOVAL /

Acapulco, 24 de agosto de 2026. El 1º de mayo de 2026, Rubén Rocha Moya solicitó licencia como gobernador de Sinaloa, luego de una acusación del gobierno de Estados Unidos por posibles nexos con “Los Chapitos”. La Fiscalía General de la República abrió una carpeta de investigación, mientras que la dirigente de Morena, Ariadna Montiel, respaldó a la presidenta Claudia Sheinbaum frente a las acusaciones estadounidenses del supuesto apoyo a grupos criminales por parte del gobierno mexicano, a la vez que advirtió que el partido no apoyaría actos de corrupción o abuso de poder por parte de miembros de esta organización política. Sin embargo, el 21 de agosto, Rocha Moya anunció su regreso a la gubernatura y, tan sólo dos días después, solicitó nuevamente licencia para separarse del cargo. Lo anterior ocurrió después de que la presidenta Sheinbaum se deslindara de su regreso, al igual que lo hiciera la dirigencia de Morena y gobernadores del mismo partido. Este sorpresivo regreso y retiro permite preguntarnos en qué condiciones los actores políticos locales, en este caso los gobernadores, deciden confrontar o ceder ante el centro. 

​Para profundizar en lo anterior, me sitúo dentro de una de las preocupaciones centrales en la ciencia política en México, que es la transformación de la relación entre el Ejecutivo federal, el partido del presidente y los gobernadores, así como las condiciones en que la balanza puede inclinarse hacia un lado u otro. 

​Con Carlos Salinas de Gortari, 17 gobernadores no concluyeron su mandato. Sin embargo, Ernesto Zedillo encontró un contexto distinto, pues algunos gobernadores pudieron resistir ante las presiones del Ejecutivo. ¿Qué había cambiado? Hasta entonces, la figura presidencial ejercía un enorme poder sobre los gobernadores, el Congreso de la Unión y su partido, el PRI. En estas condiciones, para los actores políticos resultaba sumamente costoso oponerse a la figura del presidente, pues buena parte de sus trayectorias y posibilidades de ascenso dependían del centro. 

En el gobierno de Zedillo, la coordinación entre partido y el centro comenzó a debilitarse. Con la descentralización política y la creciente competencia electoral, las carreras políticas locales dependieron cada vez menos del presidente. El caso de Roberto Madrazo en Tabasco mostró los límites del centro frente a los gobernadores. Esta tendencia continuó con Fox y Calderón. Con Peña Nieto, el Ejecutivo recuperó cierta capacidad mediante una relación más estrecha con el PRI, aunque sin alcanzar el grado de subordinación existente durante el gobierno de Salinas de Gortari.

Andrés Manuel López Obrador logró una mayor articulación entre el Ejecutivo y su partido. Su condición de líder fundador y su posición como gran elector le otorgaron gran capacidad de control más allá de las facultades formales de la Presidencia. A su vez, buena parte de la legitimidad de los gobernadores de Morena estuvo vinculada con la figura y el proyecto lopezobradorista. 

¿Qué observamos durante el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum que puede ayudarnos a entender la segunda licencia de Rubén Rocha Moya? La conjunción de varios elementos. Existe actualmente un alto grado de coordinación entre el Ejecutivo y Morena. A ello se suma que, ante el regreso de Rocha, liderazgos y gobernadores del partido mostraron un alto nivel de alineamiento al deslindarse de la decisión del político sinaloense. Sin embargo, la relación entre la Presidencia y el partido dista de la existente en el gobierno de Salinas de Gortari. En principio, las condiciones políticas son diferentes, pues los gobernadores tienen mayor capacidad de ejercer su “voz”. El regreso de Rocha Moya era legalmente posible, pero sin el respaldo del centro, del partido y de sus gobernadores, el costo para todos los actores involucrados era sumamente elevado. 

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