Brasil y la oportunidad estratégica de la izquierda latinoamericana
GEOVANNI MANRIQUE /
Acapulco, 26 de octubre de 2026. — Con la Victoria de Luiz Inácio Lula da Silva sobre Flávio Bolsonaro en Brasil queda demostrada la importancia de la izquierda en la subsistencia y mantenimiento de la democracia como modelo político para la selección de autoridades y representantes políticos, aunque además como una forma de vida social que busca reducir las brechas de la desigualdad y ampliar los márgenes de la justicia redistributiva.
Sin lugar a duda, el resultado electoral en Brasil ofrece una oportunidad estratégica para fortalecer la cooperación regional, recuperar capacidad de negociación internacional, fortalecer la democracia regional y demostrar que la democracia puede producir bienestar sin renunciar al pluralismo.
Brasil importa por su dimensión económica y diplomática; en ese sentido, su orientación política puede facilitar acuerdos o profundizar desencuentros entre países vecinos. Desde esa perspectiva, la reelección de Lula amplía las posibilidades de construir una agenda compartida alrededor del combate al hambre, la inversión productiva, la transición energética y la reducción de desigualdades.
La primera ventaja es geopolítica; pues ante la competencia entre grandes potencias, los países latinoamericanos necesitan negociar con coordinación para ampliar sus márgenes de decisión. Un Brasil dispuesto a impulsar consensos puede contribuir a una autonomía regional basada en intereses concretos relacionados con transferencia tecnológica, financiamiento para infraestructura, protección de recursos naturales y mejores condiciones comerciales.
La segunda ventaja está en la posibilidad de resignificar el concepto de desarrollo. Una izquierda con vocación transformadora debe vincular distribución del ingreso, productividad, empleo formal y sostenibilidad ambiental; en ese sentido, los programas sociales necesitan acompañarse de servicios públicos eficaces y oportunidades duraderas. Para América Latina, el desafío consiste en convertir el alivio inmediato de la pobreza en una expansión estable de derechos y capacidades.
Existe también una oportunidad de cooperación entre México y Brasil; ambas naciones, que comparten en este momento de sus historias nacionales una visión progresista, de justicia social y sostenibilidad, pueden promover proyectos regionales de investigación, producción farmacéutica, seguridad alimentaria y adaptación climática. Esta convergencia tendría mayor alcance si incorporara gobiernos de distintas orientaciones políticas; algo que es más probable desde las miradas pluralistas de la izquierda, pues una integración subordinada a las afinidades presidenciales corre el riesgo de desaparecer con cada alternancia, en tanto que una integración institucionalizada puede sobrevivir a los calendarios electorales.
Sin embargo, interpretar el triunfo de Lula como una victoria definitiva de toda la izquierda sería un error. Las sociedades latinoamericanas son diversas, sus demandas cambian y ninguna elección elimina la polarización. La legitimidad debe renovarse mediante resultados, transparencia y respeto a los contrapesos. Defender la democracia obliga a reconocer derrotas, proteger libertades y rechazar abusos, incluso cuando provengan de gobiernos cercanos.
La ventaja estratégica, por tanto, depende de la capacidad de convertir una victoria electoral en acuerdos de largo plazo; eso requiere planeación, presupuestos consistentes, evaluación y coordinación entre escalas de gobierno. Asimismo, exige escuchar a quienes votaron por otra opción y evitar que la identidad partidista sustituya al interés general.
Con Lula reelecto, América Latina tiene una ventana para articular crecimiento, justicia social y autonomía. Aprovecharla demanda una izquierda capaz de gobernar con eficacia, dialogar con la diferencia y construir instituciones que perduren. Ganar elecciones abre posibilidades; transformar esas posibilidades en bienestar compartido constituye la prueba decisiva. La región necesita liderazgos que entiendan esa responsabilidad y hagan de la cooperación una política duradera, democrática, incluyente y evaluable por sus ciudadanos.




