septiembre 1, 2026

De la agenda sistémica a la agenda gubernamental. Algunas reflexiones sobre Guerrero

Rabo de nube

GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /

Acapulco, 31 de agosto de 2026. Hace medio siglo, Roger Cobb y Charles Elder distinguieron dos agendas que rara vez coinciden. La sistémica es todo aquello que una sociedad discute, sufre y considera legítimo que alguien atienda. La institucional, o de gobierno, es el conjunto mucho más breve de asuntos que la autoridad decide efectivamente procesar. Entre una y otra hay un umbral político. Ahí se juega buena parte de la legitimidad de cualquier administración.

En Guerrero la agenda sistémica se enuncia sin ambigüedad y desde hace décadas: pobreza que se hereda de generación en generación, hambre en municipios de la Montaña que figuran entre los más marginados del país, agua, empleo digno, seguridad. El problema guerrerense no es de diagnóstico, es de instrumentación de las decisiones políticas en torno a los problemas antiguos y reales que padece su población; la pregunta relevante no es cuáles son nuestros males, sino cuáles de ellos cruzan el umbral de lo público a lo gubernamental y se transforman en algo concreto: asignación de recursos materiales, humanos y financieros, definición de objetivos, estrategias y acciones concretas para mitigar problemas que desde sus orígenes, generación tras generación, ha padecido el pueblo guerrerense.

Kingdon diría que las ventanas de oportunidad se abren cuando coinciden un problema reconocido, una alternativa técnicamente viable y un momento político propicio. Guerrero tiene esa coincidencia hoy. El tramo final de la administración estatal obliga a un balance serio, objetivo, analítico, autocrítico; el horizonte de 2027 hace necesario preguntarnos sobre la pertinencia y actualidad de los preceptos que justifican la acción política, desde la izquierda, del proyecto de nación que representa la cuarta transformación de la vida pública en nuestra entidad. 

Quizá una de las opciones pertinentes para garantizar la continuidad del proceso transformador de la vida pública en la entidad, consiste en territorializar la Agenda 2030 para dejar de invocarla sólo en el ámbito discursivo y convertirla en un auténtico instrumento de gestión; lo anterior supone, al menos, cuatro movimientos estratégicos de gestión gubernamental y política pública verificables. Primero, establecer como medida de control presupuestal un clasificador que permita saber cuánto gasta Guerrero, en qué municipios, por cada Objetivo de Desarrollo Sostenible; segundo, una línea base pública y desagregada que incorpore una métrica municipal eficiente para transitar del relato político de lo que se hace y se invierte hacia una auténtica evaluación del desarrollo municipal, regional y estatal;tercero, incorporar el elemento que constituya una auténtica política de planeación del desarrollo urbano y territorial en la entidad en torno a las medidas necesarias, convenientes y pertinentes en obra pública ordinaria para atender los asuntos relacionados con la adaptación a los cambios climáticos yreducir los costes generados por administrar los efectos de los desastres naturales post factum, Otis y John nos enseñaron, con un costo altísimo, que la vulnerabilidad en nuestras costas es un asunto de planeación y no de emergencia; cuarto, una coordinación intersecretarial efectiva con evaluación continua, lo que supone también un rediseño de gran calado de la administración pública estatal con el objetivo de redefinir funciones y atribuciones en el contexto actual que vive el país y nuestra entidad.

Nada de esto es novedad conceptual, se trata deinstitucionalismo elemental; al respecto el politólogo Douglas North formuló con claridad la idea en torno a la importancia y preminencia de las reglas sobre las voluntadespersonales, porque las voluntades se van con el sexenio y las reglas, si son buenas, se quedan. La política de bienestar que Guerrero necesita no es una lista de programas nuevos, sino un andamiaje capaz de sobrevivir al calendario electoral y de resistir la tentación de reinventar el estado cada seis años.

El bienestar no se genera de manera espontanea ni de una vez y para siempre, por el contrario, es resultado de un trabajo metodológico acucioso, fino, delicado que se construye con capacidad estatal, información confiable y rendición de cuentas que devuelva a la ciudadanía el poder de corregir el rumbo. Al final, ninguna evaluación técnica sustituye la prueba más simple, la de la verificación empíricaque nos permita constatar si una familia de Cochoapa o de la periferia de Acapulco puede percibir, en su vida cotidiana, que algo cambió; si no es así, habremos tenido una agenda de gobierno muy ordenada pero con una sociedad que sigue a la espera.

Related Posts