Guerrero, origen y destino. Comentarios sobre el sur de la patria y su aportación histórica en los grandes procesos políticos de la nación mexicana
El presente texto es la primera parte del discurso que el autor presentó el sábado 18 de octubre de 2025 en su ingreso a la Academia Nacional de Historia y Geografía, filial Guerrero. La Plaza Diario lo publicará en secciones
GEOVANNI MANRIQUE PASTOR /
Con profunda gratitud atiendo la convocatoria que nos hizo la Academia Nacional de Historia y Geografía, filial Guerrero, para acudir a la Solemne Ceremonia de Ingreso en la ciudad de Chilpancingo de los Bravo, capital del estado de Guerrero el día de hoy sábado 18 de octubre del 2025, en este lugar investido como recinto de tan distinguido y honorable cuerpo colegiado cultural y académico.
Con el permiso de ustedes quiero ocupar este espacio más que para presentar un discurso, para compartir con ustedes mis reflexiones intituladas Guerrero, origen y destino. Comentarios sobre el sur de la patria y su aportación histórica en los grandes procesos políticos de la nación mexicana; en suma, estos comentarios no pretenden demostrar el dominio sobre algún tema en particular, más bien reflejar el genuino deseo e interés por aprender y conocer –a través de ustedes– más sobre el espacio geográfico e histórico que ocupa lo que hoy es el estado de Guerrero, México y también el mundo, aunque debo reconocer que exponen el pleno convencimiento sobre la relevancia de los actores políticos en la acción y reflexión a través de los procesos y de las instituciones; y que todo ello, sin lugar a dudas, define el devenir de las sociedades a través del tiempo, de la historia.
I
Yo quiero hablar de las tierras del sur, las que se encuentran a la izquierda, como mi corazón, como mis ideas; sí, esas que le quitaron la voz y las palabras al legendario naturalista, explorador y ciudadano del mundo Alexander varón de Humboldt, y cuando regresaron fue para describir la belleza inigualable de Acapulco, el exquisito, diverso, radiante y desbordado crisol vegetal de la selva costera y del bosque serrano que ante sus ojos se fundía como un sueño hecho realidad; pero también, para dejar testimonio sobre sus consideraciones acerca del mejor clima del mundo que, paradójicamente, a su parecer se encontraba en Chilpancingo; sin descontar, el asombro causado por la nieve sobre los magueyes en Xocomanatlán, y cómo desde sus alturas la recolectaban y trasladaban, curada con sal, para beneplácito de los paladares porteños que mitigaban el calor característico de la costa, con la delicia y exquisitez de los sorbetes de sabores a limón, mango y tamarindo. Frutos que, dicho sea de paso, provenientes de Asia los dos primeros y de África el tercero, supieron adaptarse con facilidad a las características del clima de esta parte de nuestro querido México, y son una manifestación del sincretismo cultural del que fue pieza clave la intensa actividad comercial desarrollada durante la colonia gracias a la travesía realizada periódicamente por el Galeón de Manila o Nao de China sobre el Océano Pacífico entre las costas de Asia y América, desde Cavite en Manila hasta el surgidero de Santa Lucía en Acapulco, que permitió además del flujo de mercancías el desarrollo de relaciones económicas que acrecentaron el poder geopolítico a España; aunque lo más relevante, para nosotros, es el intenso intercambio cultural, estético, artístico, antropológico, que irradió las costas como nos permite constatarlo la concurrencia de apellidos como Bataz, De la O, Guinto o Dimayuga, y desde luego ciertas costumbres gastronómicas como el relleno de cuche o el guinatán, que se cocina en los barrios ubicados entre Pénjamo y el carrizal.
Pero también del sincretismo cultural propiciado por el arribo forzado e involuntario de mujeres y hombres bajo el yugo de la esclavitud, que pertenecieron a distintos grupos etnolingüísticos como los Wolofs, Zapes, Cazangas, Bañoles, Lucumís, Bran, Mandinga, Guineos, Congos, Matambas, Angolas, Cafres, Mozambiques, provenientes de Cabo Verde, Sao Tomé, Senegambia, las costas de Guinea, Nigeria, el Congo, Angola o Mozambique.
Esa pluralidad, esa diversidad constituida por la tercera raíz, se asentó fundamental aunque no únicamente en las tierras del sur, nuestras tierras, nuestro origen y destino, aquí se encontró y mezcló con los pueblos originarios Me’phaa, Na’Saavi, Ñoom Daah y Náhuatl, así como con los llegados de la Metrópoli que se asentaron y ejercieron un dominio férreo en toda Mesoamérica fundando la Nueva España. Fueron cimiento y simiente de la identidad nacional de lo que hoy somos, se introdujeron, se mezclaron, se fundieron cosmovisiones e interpretaciones del mundo y la realidad, manifiestas de distintas formas en los rituales sacros, las danzas, la gastronomía, los nombres que dan significado a las cosas y en la cotidianidad de quienes al avecindarse ya fuera en la costa, en la serranía, en los valles, en las planicies de tierras calientes o en las montañas hicieron del sur su patria, su nación; desde luego, no sin cierta dosis de tragedia, dolor e injusticia, como el trato inhumano y explotación de la fuerza de trabajo utilizada en las minas o la estratificación social de castas que dio origen a una aberrante clasificación de la que recordamos con agravio nombres insultantes, denigrantes y peyorativos: Mestizo, castizo, mulato, morisco, chino, saltapatrás, lobo, gibaro, albarozado, cambujo, sambaigo, calpamulato, tenteenelaire, notentiendo o tornatrás. Dicen los que saben que para que exista el bien es necesario el mal, tanto como la oscuridad para que haya luz; y bueno, esta también es parte de las historias del sur.
Quiero hablar del sur y de esas mismas tierras de las que, años después, Ignacio Manuel habló metafóricamente, comparándolas con un hoja de papel arrugado, refiriéndose a las características accidentadas de su orografía, que fue objeto de interesantes descripciones recreativas en poemas como el escrito en el vapor St. Louis la noche del 30 de octubre de 1863 mientras se dirigía a cumplir el compromiso de reintegrarse al Congreso por convocatoria del presidente Juárez en San Luis Potosí, en el contexto de la disputa entre la República y el Segundo Imperio, que dice:
Quédate pues, ciudad de los palmares,
en tus noches tranquilas arrullada
por el acento de los roncos mares.
Y a orillas de tu puerto recostada,
como una ninfa en el verano ardiente
al borde de un estanque desmayada.
De la sierra el dosel cubre tu frente,
y las ondas del mar siempre serenas
acarician tus plantas dulcemente.
¡Oh suerte infausta! me dejaste apenas
de una ligera dicha los sabores,
Y a desventura larga me condenas.
Dejarte ¡oh Sur! acrece mis dolores,
Hoy que en tus bosques quédase escondida
la hermosa y tierna flor de mis amores,
guárdala ¡oh Sur! y su existencia cuida,
y con ella alimenta mi esperanza,
¡Porque es su aroma el néctar de mi vida!
Y también en un número importante de textos costumbristas hilvanados y tejidos, con paciencia de orfebre, para legarnos la filigrana de la vida suriana a través de la virtud y talento, imaginación y creatividad innata del maestro Altamirano, gracias a quien nos es posible imaginar y recrear la viva idea del medio natural y social de Tixtla –su tierra natal– pero también de esos parajes que formaron parte de su íntima y personal geografía; como ese párrafo inicial de la multicitada Navidad en las Montañas que nos dice:
“El sol se ocultaba ya; las nieblas ascendían del profundo seno de los valles; deteníanse un momento entre los obscuros bosques y las negras gargantas de la cordillera, como un rebaño gigantesco; después avanzaban con rapidez hacia las cumbres; se desprendían majestuosas de las agudas copas de los abetos e iban por último a envolver la soberbia frente de las rocas, titánicos guardianes de las montañas que habían desafiado allí, durante millares de siglos, las tempestades del cielo y las agitaciones de la tierra.”
Sin duda alguna las tierras del sur mexicano albergan riquezas inconmensurables desparramadas y reverberantes en los caudales de sus ríos; en la incontenible fuerza de las olas que, incesantes, chocan con sus costas de arena dorada; en las mansas aguas de sus lagunas y esteros que dan vida a una diversidad de fauna y flora exuberante y bullanguera de Petacalco a Punta Maldonado; desde luego, en la estridencia provocada por el viento que sopla entre el verde follaje de la palma, del roble y la parota, del bocote, la ceiba, del mango y el tamarindo, del huamuche, del almendro, del flamboyán y de la acacia; pero también del sauce, del amate, del sabino y el cuapinole; del pino, el abeto, el encino, el cedro y el oyamel, y al estremecer sus copas de la costa a la serranía, exultantes, reflejan la generosidad de Dios o la Naturaleza, que Spinozianamente dicho sería lo mismo.
Si de la orografía, la hidrografía y la flora podemos mínimamente decir esto, qué no podríamos afirmar de la diversa fauna silvestre que, en cada región con sus microclimas y ecosistemas, muestra con soberbia los fulgurantes colores de su mimetismo para sobrevivir en su papel de depredador o presa. Las palabras son insuficientes para nombrarlo todo en tan poco espacio y con tan poco tiempo; son precarias para decir tanta belleza, tanto valor, tanta exuberancia. Por eso comprendo y aprovecho la oportunidad para suscribir las palabras de José Emilio Pacheco, cuando escribió en Alta traición que no creía en el fulgor abstracto de su patria, nuestra patria; pero en cambio,
“(…)daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos”
Este sur que nos constituye y que constituimos ha sido, desde tiempos inmemoriales, sitio de historias asombrosas, hechos deslumbrantes, momentos inauditos. Aquí en Xihuatoxtla se halló el vestigio de Teocintle más antiguo al día de hoy con 8 mil 700 años, confirmando la domesticación del maíz y la maternidad de estas tierras sobre los primeros frutos de esa generosísima planta surgida de la Revolución Agrícola –considerada la primer gran revolución de la humanidad–, revistiendo una importancia fundamental en la dieta de las sociedades que se asentaron en toda la región; pero además, precursora de la milpa, patrimonio de la humanidad e ingenioso modelo de producción alimentaria que ha asegurado por siglos la subsistencia de nuestros pueblos y forma parte de la identidad cultural de México y buena parte de América. También acá, en el sur y a la izquierda, se afincó el primer gran granero de la Mesoamérica entera, en Xochipala; lugar donde además, se encuentra el vestigio arqueológico más antiguo del arco falso, manifestación del desarrollo de técnicas arquitectónicas utilizadas posteriormente por los mayas.
A pesar del deterioro infringido por el tiempo sobre los restos arqueológicos a lo largo y ancho del territorio suriano que hoy ocupa el nombre de Guerrero, contamos con una cantidad importante de vestigios que evidencian cómo se pobló lenta y gradualmente desde las costas hacia tierra adentro; lo que le da sustento quizá, a uno de los paradigmas de la Historia, Arqueología y Antropología de México, a decir, que las principales oleadas migratorias de Aridoamérica hacia Mesoamérica fueron principalmente sobre la costa del pacífico y en menor medida sobre la vertiente del Golfo de México, lo que ha dado consistencia y pertinencia a nuevas hipótesis sobre el proceso civilizatorio de la Mesoamérica florida y espinuda.
En ese sentido, podemos observar a través de los petroglifos localizados en El Edén, La Gloria, La Pintada, Palma Sola, La Majahua, La sabana, Bocachica, El coloso, el testimonio imborrable de los primeros pobladores, su cosmovisión, su cotidianidad y la manera de aprovechar todos los recursos que la naturaleza puso en sus manos para habitar estas tierras dejando una huella imborrable. Con trazos firmes y tallados con fuerza sobre piedras de granito, dejaron en sencillo lenguaje pictográfico rastros de mujeres pariendo, cuentas de ciclos, animales como ballenas o jaguares que seguramente generaron asombro y temor, rostros primigenios de niños y hombres, círculos, espirales, trazos lineales que podrían significar afluentes, ríos; nos dejaron plasmadas sus ideas, huellas imborrables que necesitamos preservar.
También contamos con un importante acervo de manifestaciones pictográficas más recientes, como las de Oxotitlán o las de Juxtlahuaca en sus grutas; son deslumbrantes, asombrosas, luminosas pues manifiestan el dominio civilizatorio mesoamericano a través de culturas que, con mayor claridad, definieron la naturaleza de su presencia; así como los restos arqueológicos en la Soledad de Maciel, la INDECO, Cuetlajuchitlán, Teopantecuanitlán, Huamuxtitlán, Tehuacalco y por supuesto las de Piedra Labrada en Ometepec, quizá una de las más grandes zonas arqueológicas de América Latina que necesitamos rescatar como legado y patrimonio de la humanidad y que requiere un denodado trabajo social y político para garantizar, además de una justa reubicación de los pobladores de la región, el desarrollo de un polo de desarrollo económico con perfil cultural y antropológico. Estas son pues, algunas de las tantas manifestaciones prehispánicas, distribuidas en cada una de las ocho regiones de nuestra entidad, pero que son al sur y a la izquierda, las tierras que generosamente han dado cobijo a generaciones y generaciones de mujeres y hombres de trabajo, esmero, talante, virtud y fortuna.
Del Teocintle al primer granero de la Mesoamérica, de los petrograbados de El edén a las pinturas rupestres en las grutas de Juxtlahuaca, de los vestigios arqueológicos de Teopantecuanitlán con sus tableros en los que se distingue la representación de los hombres jaguar hasta Piedra Labrada con sus centros ceremoniales y juegos de pelota resguardados bajo tierra aún, así como sus petrograbados finamente definidos, contamos con evidencia suficiente, con materia prima, con fuentes primarias que confirman el periplo, la aventura, el desafío y la esperanza de quienes en esa aventura de poblar y habitar tierras desconocidas, motivados por la curiosidad y un instinto de supervivencia, se decidieron unir, fundir y convertir en parte de las tierras del sur e hicieron de ellas su hogar natural.
Continuará…




