El efecto Mundial
- ¿Puede la movilidad global favorecer a la izquierda colombiana en la segunda vuelta presidencial de 2026?
José Carlos Luque Brazán /
“Yo soy del pueblo y siempre voy a estar con el pueblo”
-Maradona
Ciudad de México, 21 de junio de 2026. Mientras millones de personas siguen los partidos del Mundial de Fútbol 2026, Colombia se encuentra a las puertas de una de las elecciones presidenciales más disputadas de su historia reciente. La coincidencia entre ambos acontecimientos plantea una pregunta inusual, pero políticamente relevante: ¿puede un megaevento deportivo global influir indirectamente en el resultado de una elección nacional? Sobre todo, si tomamos en cuenta que la FIFA ha transformado el campeonato mundial de futbol en un acontecimiento al que sólo pueden asistir las oligarquías latinoamericanas, los políticos en el poder y la parafernalia artística cortesana de personajes cómo Salinas Pliego, el dueño de TV Azteca.
La interrogante no es descabellada. Diversos reportes periodísticos señalaron que más de 107 mil colombianos se desplazaron hacia México, Estados Unidos y Canadá para acompañar a su selección nacional durante la primera fase del Mundial. Solamente en la Ciudad de México las autoridades reportaron la llegada de alrededor de 27 mil visitantes procedentes de Colombia. La magnitud del fenómeno obliga a reflexionar sobre una dimensión poco estudiada de las democracias contemporáneas: la relación entre movilidad internacional y comportamiento electoral.
La hipótesis que proponemos es sencilla. Los viajes mundialistas no son socialmente neutrales. Requieren recursos económicos importantes, acceso a movilidad internacional, disponibilidad de tiempo, capacidad de consumo global y, en muchos casos, acceso a visas, tarjetas bancarias internacionales y redes transnacionales de apoyo. En consecuencia, resulta razonable pensar que una parte significativa de quienes pueden costear una experiencia mundialista pertenece a sectores medios, medios-altos y altos de la sociedad colombiana.
Históricamente, estos sectores han mostrado una inclinación relativamente mayor hacia candidaturas conservadoras y de centroderecha. Si ello es así, la coincidencia temporal entre el Mundial y la segunda vuelta presidencial podría haber generado una abstención diferencial que afectara más al candidato de la derecha que al de la izquierda.
No se trata de afirmar que todos los viajeros apoyan opciones conservadoras ni que todos dejaron de votar. Tampoco puede sostenerse que la totalidad de quienes viajaron estuviera inscrita electoralmente en Colombia. Sin embargo, la combinación de movilidad masiva, calendario electoral y segmentación social del voto abre una hipótesis sugerente: una parte del electorado potencialmente favorable a la derecha pudo encontrarse fuera de sus lugares habituales de votación precisamente en el momento decisivo de la contienda.
El fútbol como metáfora de la nación
Para comprender la dimensión política de este fenómeno conviene recordar que en América Latina el fútbol nunca ha sido simplemente un deporte. Ha sido también una forma de construcción simbólica de la nación, un espacio de encuentro colectivo y una poderosa fábrica de identidades compartidas.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, dedicó páginas memorables al fútbol en su libro El fútbol a sol y sombra. Allí observaba que el fútbol constituye una de las pocas ceremonias contemporáneas capaces de movilizar emociones colectivas a escala nacional. Durante noventa minutos millones de personas imaginan formar parte de una misma comunidad política, celebran símbolos compartidos y construyen un sentimiento de pertenencia que trasciende las diferencias sociales.
Por su parte, Mario Benedetti veía en el fútbol una expresión de la cultura popular latinoamericana, un territorio donde la pasión colectiva podía desafiar temporalmente las jerarquías sociales y los poderes establecidos. El estadio aparecía, así como un espacio de encuentro democrático donde convergían sectores diversos de la sociedad.
Sin embargo, el Mundial de 2026 revela una transformación histórica que ni Galeano ni Benedetti alcanzaron a observar plenamente. La comunidad nacional ya no se encuentra confinada al territorio del Estado. Hoy millones de latinoamericanos viven, trabajan, estudian, consumen y se desplazan a través de espacios transnacionales que desbordan las fronteras nacionales.
Los colombianos reunidos en Ciudad de México, Los Ángeles, Houston, Miami, Toronto o Vancouver participan simultáneamente de una experiencia deportiva, cultural y política. Son ciudadanos colombianos que viven una identidad nacional fuera de Colombia, configurando formas inéditas de pertenencia transnacional.
¿Quiénes pueden pagar unas vacaciones mundialistas?
La pregunta resulta sociológicamente fundamental.
Asistir a un Mundial implica costos elevados. Pasajes aéreos internacionales, hospedaje, alimentación, transporte local y entradas a los estadios representan una inversión considerable incluso para sectores de ingresos medios. La experiencia mundialista constituye, por tanto, una práctica social selectiva.
Esta observación no es menor. Diversos estudios sobre comportamiento electoral muestran que la posición socioeconómica continúa siendo una variable relevante para comprender las preferencias políticas. En Colombia, como en gran parte de América Latina, los sectores con mayores ingresos han tendido históricamente a respaldar proyectos políticos asociados a la estabilidad económica, el liberalismo de mercado y las opciones conservadoras.
Desde esta perspectiva, la presencia masiva de colombianos en Norteamérica durante la semana electoral podría tener implicaciones políticas indirectas. No porque todos los viajeros compartan una misma orientación ideológica, sino porque la composición social de quienes pueden participar en este tipo de experiencias internacionales dista de ser aleatoria.

La hipótesis de la abstención diferencial
La coincidencia entre el Mundial y la segunda vuelta presidencial permite formular una hipótesis de trabajo: la movilidad internacional asociada al torneo pudo generar una abstención diferencial que afectara de manera desproporcionada a determinados segmentos del electorado.
En términos simples, una parte del electorado con mayores recursos económicos y capacidad de movilidad internacional pudo encontrarse temporalmente fuera de los circuitos habituales de participación electoral. Si estos sectores presentan una inclinación relativamente más favorable hacia la derecha, el efecto agregado podría haber reducido marginalmente el caudal electoral conservador.
No se trata de afirmar que el Mundial definirá la elección presidencial colombiana. Tampoco de sostener que decenas de miles de votos desaparecerán automáticamente de las urnas. Lo que se plantea es algo más modesto y, al mismo tiempo, más interesante: los grandes eventos globales pueden alterar temporalmente la geografía de la participación política.
De la diáspora a la Migrápolis futbolera
La situación observada durante el Mundial permite recuperar el concepto de Migrápolis. Lejos de ser únicamente una concentración de migrantes o turistas, la Migrápolis constituye un espacio urbano transnacional donde convergen identidades, prácticas culturales, relaciones económicas y formas de ciudadanía que trascienden las fronteras nacionales.
Durante algunas semanas, ciudades como Ciudad de México, Los Ángeles, Houston, Miami, Toronto y Vancouver se transformaron en auténticas Migrápolis colombianas. Espacios donde miles de ciudadanos compartieron símbolos nacionales, consumieron productos culturales colombianos, reprodujeron redes de sociabilidad y reafirmaron vínculos de pertenencia colectiva.
Lo novedoso es que estas prácticas culturales pueden tener también efectos políticos. La ciudadanía contemporánea ya no se ejerce únicamente dentro de los límites territoriales del Estado. Se despliega a través de redes transnacionales, movilidades globales y múltiples espacios de interacción social.
El Mundial de Fútbol aparece, así como un laboratorio privilegiado para observar la transformación de las democracias contemporáneas. Un acontecimiento deportivo se convierte simultáneamente en un fenómeno migratorio, cultural, económico y político.
Reflexiones finales
Quizá nunca sabremos con exactitud cuántos votos pudo mover el Mundial de 2026. Pero la pregunta seguirá siendo pertinente. Porque las democracias del siglo XXI ya no se juegan exclusivamente dentro de las fronteras nacionales.
Las elecciones contemporáneas se desarrollan en un mundo atravesado por flujos de personas, capitales, información y símbolos que desafían permanentemente las lógicas territoriales tradicionales. Los ciudadanos viven cada vez más en espacios transnacionales mientras los sistemas políticos continúan organizándose desde estructuras nacionales.
Galeano nos enseñó que el fútbol podía revelar las venas abiertas de América Latina. Medio siglo después, el Mundial de 2026 parece mostrarnos otra realidad igualmente significativa: las rutas aéreas, las diásporas y las movilidades globales a través de las cuales circulan nuevas formas de ciudadanía transnacional.
Quizá el verdadero efecto Mundial no consista únicamente en algunos miles de votos más o menos para uno u otro candidato. Tal vez su principal enseñanza sea recordarnos que la política latinoamericana del siglo XXI ya no puede comprenderse sin considerar la movilidad global, las diásporas y las nuevas geografías transnacionales de la ciudadanía. El mundo es redondo




