junio 15, 2026

La democracia fracturada: La disputa electoral entre el Perú oligárquico-costero, el Perú plebeyo-andino y el Perú migrante.

 

Por José Carlos Luque Brazán – Red Migrápolis

jose.luque@uacm.edu.mx

 

Mientras en el distrito limeño de San Isidro ubicado en la zona más rica de Lima, los ciudadanos votaban masivamente por Keiko Fujimori y las comunidades andinas más empobrecidas del Perú, situadas en Chumbivilcas entregaban más del 94% de sus votos a Roberto Sánchez, candidato del bloque justicialista, otro actor silencioso inclinaba parcialmente la balanza electoral hacia la derecha oligárquica de ese país andino, desde miles de kilómetros de distancia: el Perú migrante votaba mayoritariamente por Keiko Fujimori, quien apenas está imponiéndose hasta el momento por apenas diez ocho mil votos La elección presidencial peruana de 2026 no solo dejó un resultado extraordinariamente ajustado; reveló, con enorme crudeza, la persistencia de un país territorialmente fracturado, históricamente desigual y políticamente incapaz de construir consensos democráticos duraderos.

 

Según las estadísticas del órgano electoral, con el 98.553% de las actas contabilizadas al 14 de junio de 2026, Keiko Fujimori mantenía una ventaja mínima de apenas 18,535 votos sobre Roberto Sánchez, con una diferencia de apenas 0.102 puntos porcentuales en un universo superior a los 18 millones de votos válidos (ONPE, 2026). Más allá del conteo voto a voto, la elección expresó una confrontación mucho más profunda: una disputa histórica entre memorias sociales, modelos económicos, territorios desiguales y formas radicalmente distintas de imaginar el país. La prensa internacional describió el proceso como una confrontación entre Chumbivilcas y San Isidro. La metáfora es poderosa. En Chumbivilcas, provincia de la región Cusco atravesada por pobreza estructural, ruralidad y exclusión histórica, Roberto Sánchez superó el 94% de los votos. En San Isidro, uno de los distritos de mayor ingreso del país, Keiko Fujimori obtuvo más del 84%. Sin embargo, reducir la elección a una geografía de pobres versus ricos constituye una simplificación insuficiente.

 

Lo ocurrido en Perú durante 2026 obliga a pensar algo más complejo: la coexistencia conflictiva de tres países distintos, cuyas trayectorias históricas, territoriales y culturales expresan diferentes formas de ciudadanía, desigualdad y pertenencia nacional, estructuradas por la colonialidad de las relaciones de poder basadas en la racialización, el clasismo, el patriarcado y el neoliberalismo, elementos formativos del neofujimorismo. Por un lado, tenemos, un Perú oligárquico-neoliberal—costero-mestizo, concentrado en Lima y articulado a los mercados globales, que busca preservar el orden neoliberal construido desde los años noventa. Por otro, un Perú plebeyo-andino-popular-indígena y colectivista, marcado por décadas de exclusión, pobreza y abandono estatal, que demanda redistribución, reconocimiento político y transformación social. Finalmente, un Perú migrante transnacional, disperso globalmente, cuyos comportamientos electorales han comenzado a desempeñar un papel decisivo en la configuración política nacional.

 

Colonialidad del poder y fracturas históricas del Perú

 

La elección de 2026 difícilmente puede comprenderse únicamente desde variables coyunturales o económicas. La persistencia de las fracturas electorales peruanas exige una mirada histórica más profunda. Como sostuvo tempranamente Aníbal Quijano (2000), América Latina organizó sus relaciones sociales sobre una estructura de colonialidad del poder, es decir, un sistema persistente de jerarquías raciales, territoriales, económicas y epistemológicas heredadas del orden colonial. Aunque los imperios desaparecieron formalmente, las relaciones coloniales de dominación continuaron reproduciéndose dentro de los Estados nacionales latinoamericanos. Perú constituye uno de los ejemplos más evidentes de esta persistencia histórica.

 

La oposición entre Lima y los Andes no es únicamente geográfica. Expresa una relación histórica de subordinación territorial, económica y simbólica. La capital concentra inversión, infraestructura, poder político y legitimidad institucional, mientras amplias zonas rurales continúan enfrentando desigualdad estructural, servicios públicos precarios y limitadas oportunidades de movilidad social. En términos políticos, esto se traduce en una fractura persistente entre un país que busca preservar el statu quo y otro que percibe que el crecimiento económico nunca llegó realmente a sus territorios.

 

Como ha mostrado Patricia Zárate (IEP, 2026), las diferencias electorales peruanas no pueden explicarse únicamente mediante ingreso económico; intervienen también memorias históricas, identidades territoriales y distintas formas de imaginar la nación. Por ello, cuando Roberto Sánchez arrasa en regiones como Cusco, Apurímac, Huancavelica, Puno o Cajamarca, no estamos simplemente frente a un voto ideológico de izquierda. Estamos frente a territorios históricamente subalternizados que encuentran en el sufragio un mecanismo de expresión política frente al abandono estructural.

 

Extractivismo, desigualdad y territorialización del abandono estatal

 

La explicación mediática dominante suele simplificar el escenario: en las regiones pobres gana la izquierda y en las regiones ricas triunfa la derecha. Pero esa explicación resulta insuficiente. Las regiones donde Sánchez obtuvo sus mayores votaciones coinciden significativamente con territorios atravesados por actividades extractivas intensivas, conflictos socioambientales y persistentes desigualdades distributivas. El modelo económico peruano ha descansado durante décadas sobre la minería a gran escala, particularmente cobre, oro, zinc y litio. Sin embargo, los beneficios del crecimiento macroeconómico no han sido redistribuidos de manera equitativa. En muchas comunidades andinas, el extractivismo se percibe como un modelo de acumulación desigual donde las ganancias se concentran en capitales transnacionales y élites limeñas mientras los territorios locales absorben contaminación, degradación ambiental y fragmentación comunitaria.

 

La paradoja peruana es brutal: El país exporta millones de dólares en minerales mientras importantes regiones continúan registrando pobreza, desnutrición y limitada presencia estatal. En este sentido, el voto por Sánchez aparece menos como un fenómeno estrictamente ideológico y más como una demanda de dignidad política, justicia territorial y redistribución social. La demanda es por el redistribución, el reconocimiento y la representación política. Es decir, por la justicia social.

 

El Perú transnacional: cuando el voto migrante redefine la política nacional:

 

Sin embargo, la elección de 2026 introdujo un actor político decisivo que continúa insuficientemente estudiado: el voto migrante. Más de un millón de peruanos habilitados para votar fuera del país conforman hoy un espacio político transnacional de enorme relevancia.

Los datos electorales resultan elocuentes. Mientras el Perú territorial mostraba una ligera ventaja para Roberto Sánchez —alrededor del 50.22% frente al 49.78%—, el voto exterior favoreció claramente a Keiko Fujimori, quien superó el 63% frente al 36% de Sánchez (ONPE, 2026). El efecto fue estructural. Sin el comportamiento electoral del Perú migrante, el resultado nacional habría tenido una configuración completamente distinta. Esto obliga a replantear una pregunta incómoda: ¿El voto migrante peruano terminó funcionando como un mecanismo de estabilización conservadora del modelo neoliberal peruano?

 

Existen diversas hipótesis explicativas: Una parte importante de la migración peruana salió del país durante las crisis económicas, el conflicto armado interno y la precarización social de las décadas de 1980 y 1990. Para numerosos sectores migrantes, estabilidad económica, orden y movilidad social aparecen asociados al legado fujimorista. Al mismo tiempo, procesos de integración laboral, ascenso social y socialización política en países receptores pueden haber reforzado orientaciones conservadoras entre importantes segmentos migrantes.

El Perú contemporáneo ya no termina en sus fronteras territoriales. La nación se ha vuelto transnacional y la política peruana tendrá que aprender a gobernar ese nuevo espacio. Es una variable fundamental de la nueva configuración política peruana.

 

Medios privados, terruqueo y la disputa por la hegemonía política:

 

La disputa electoral de 2026 tampoco ocurrió en condiciones neutrales de producción de legitimidad política. Los medios privados de comunicación desempeñaron un papel determinante. Una parte importante de la prensa corporativa limeña —televisión, radio, periódicos nacionales y ecosistemas digitales— operó activamente en la configuración de narrativas electorales favorables a la continuidad del orden político y económico existente. Para ello basta con leer las editoriales del diario El Comercio. La campaña no fue presentada únicamente como una competencia entre programas de gobierno, sino como una confrontación existencial entre estabilidad y caos. Entre el neofujimorismo y el bloque político justicialista.

 

La política del miedo volvió a desempeñar un papel central.

 

En este contexto, Roberto Sánchez fue asociado reiteradamente con escenarios de inestabilidad económica, radicalización política y “venezolanización” del país. En continuidad con procesos anteriores, reapareció el terruqueo como mecanismo político-cultural de disciplinamiento ideológico. Más que una simple estrategia propagandística, el terruqueo constituye un dispositivo histórico profundamente vinculado a la colonialidad del poder. Como señaló Quijano (2000), las jerarquías coloniales determinan quién puede gobernar, quién aparece como legítimo y quién es convertido en amenaza política.

 

En el Perú contemporáneo, el terruqueo ha operado como una tecnología de exclusión de actores populares, campesinos, provincianos e indígenas cuando estos intentan disputar el poder político nacional. No resulta casual que el voto más fuerte por Sánchez proviniera precisamente del Perú históricamente marginado, mientras que importantes medios concentrados reforzaban narrativas destinadas a preservar la hegemonía del Perú oligárquico-costero-limeño.

 

Democracia de baja intensidad: Congreso, crisis institucional y destrucción mutua:

La elección de 2026 también confirmó la persistente crisis institucional peruana. En poco más de una década, Perú ha tenido ocho presidentes, múltiples vacancias presidenciales, gobiernos de transición y profundas disputas entre Ejecutivo y Legislativo. Como advierte Alberto Vergara (2025), el país vive una forma de inestabilidad crónica, incapaz de construir pactos políticos de mediano plazo. El Congreso peruano, además, mantiene niveles históricos de desaprobación ciudadana. La figura de la “incapacidad moral permanente” terminó convirtiéndose en un instrumento de disputa política más que en un mecanismo excepcional de control institucional. Asimismo. las segundas vueltas presidenciales dejaron de estructurarse alrededor de grandes proyectos nacionales y comenzaron a organizarse sobre miedos mutuos: antifujimorismo, anticomunismo, antiprovincianismo y rechazo a las élites limeñas. No se vota tanto por un futuro compartido sino en contra una amenaza existencial.

Ese es quizás el síntoma más profundo de deterioro democrático.

¿Quién ganó realmente?

 

Incluso cuando el conteo concluya y exista una presidenta o un presidente oficialmente proclamado, la pregunta seguirá abierta. Porque ningún gobierno podrá ignorar esta fractura territorial, histórica y simbólica. La verdadera pregunta que deja 2026 no es únicamente quién ganó la presidencia, sino qué Perú logró imponer provisionalmente su visión del país: el oligárquico-costero, el plebeyo-andino o el transnacional migrante. Mientras estas fracturas históricas continúen reproduciéndose bajo nuevas formas de desigualdad, extractivismo y polarización mediática, el Perú seguirá siendo una democracia chupacabras (Luque Brazán y Hernández Vinalay, 2025), en donde se gana por márgenes mínimos, pero se gobierna sobre fracturas inmensas.

Referencias

Luque Brazán, J. C., & Hernández Vinalay, K. (2025). Democracia chupacabras y destrucción de la ciudadanía social en el Perú contemporáneo. En J. C. Luque Brazán, F. Sandoval Hernández, M. R. Sánchez García, & J. A. Pérez Tagle (Eds.), Las democracias latinoamericanas: entre la igualdad política y la justicia social. Fondo Editorial Ana María Salas.

 

 

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina.

Vergara, A. (2025). Análisis sobre crisis política peruana.

Zárate, P. (2026). Instituto de Estudios Peruanos (IEP).

Tuesta, F. (2026). Análisis electoral peruano.

ONPE (2026). Resultados electorales segunda vuelta presidencial.

 

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